SUDEMOS LA CAMISETA


El olor primero se hizo notar en el vestidor y de allí lo siguió hasta su casa, donde el perro salió a su encuentro y olfateando dio media y a todo correr se alejó calle abajo…

Desde la cocina su esposa, que picaba ajo para el almuerzo tardío, le preguntó por el partido de fútbol y él asomandose por la puerta, le mostró la pequeña copa plateada, diciendo con una sonrisa dientuda: “¡Ganamos… !” Entró a la cocina y se tapó la nariz, retrocediendo :”¡cómo huele a ajo…!” dijo y su mujer le dijo que se fuera a duchar, porque si el ajo olía, él apestaba…

Se fue de la cocina dándole vueltas a la copa y con el olor, que mezclado con el del ajo hacía irrespirable el ambiente…

Pero el sólo olía el ajo, porque el otro era el suyo, producto de la promesa de no bañarse mientras no campeonaran del todo y la de hoy había sido una pichanguita, no un partido, para su equipo que estaba en alza…

Solamente faltaban dos meses y tres semanas de partidos, a uno por semana, para que se coronaran como campeones del interbarrios y si seguían jugando así…

La promesa había funcionado, pero era la primera fecha y él era hombre de fe, pero creía en cábalas…

PERIFOLLO


=================
Publicado en el blog “masticadoresmuchasalmas” el martes 2.6.2020.
================

Se vestía pésimo y los adornos que usaba, tanto aretes, pulseras y collares, eran exagerados en número y muy grandes; se veía a la legua que eran imitaciones baratas y de mal gusto.

Era un verdadero desastre ambulante, con el pelo pintado de color rubio-paja, la cara maquillada hasta parecer una máscara, anteojos para el sol aunque lloviera y para completar, unas zapatillas deportivas de colores que le quedaban un poco grandes.

Era Perifollo una especie de mascota del barrio, que sentada en la banca del parque, compartía con las palomas zureadoras, el pan que llevaba en una bolsa de compra, que tenía la marca de un supermercado…

De la bolsa sacaba también peine y espejo para de rato en rato mirarse, sonreír y peinarse coqueta, haciendo pausas en su comer pan y echarles migas a las aves, que la rodeaban como una corte de mendigos grises.

También le decían “La loca de las palomas” y Perifollo, que se llamaba Zenaida, seguía esperando al caballero que le había prometido llevarla a la televisión, esa vez que ella le dio los únicos cien soles que tenía, una tarde, estaba segura que fue ayer…

Perifollo-Zenaida, todos los días se arreglaba a su modo, se ponía sus anteojos oscuros de estrella de la televisión y esperaba, entre palomas grises con las que compartía el pan, al señor productor que seguro se habría retrasado…

QUERIDO RAFAEL


Rafo, en confianza…
Ayer me enteré que te habías ido a reunir con Julio, con Alfredo y con Juanito, allí donde siempre es primavera, suena música suave y no perturba nada una conversación tranquila entre viejos amigos…

Me dolió no haber podido despedirme de ti, pero digamos que es mejor, porque, como dice el vals un poco huachafamente, “dicen que las despedidas son muy tristes” y estoy seguro que en cualquir momento los alcanzaré, o sea que no se lo conversen todo, que cuando nos reunamos tendremos una ternidad para charlar…

Como voy a extrañar tus comentarios ácidos , con torcida de boca y la risa que venía poco rato después…

Cuando essica, tu hija, mi ex alumna, me contó de tu viaje hacia el Barrio Eterno y que te fuiste en paz, yo pensé de inmediato que te habías ido como viviste siempre, con esa paz que tienen los que son hombres buenos.

Nos vemos, Rafo, amigo.

Manolo.

SOY LA GARGANTA DE FLOYD


No se trata de un artículo más de la serie que una revista de gran circulación mundial y editada en varios idiomas, publicaba sobre el cuerpo humano, ni tampoco que yo me atreva a ser la voz de nadie…

La garganta de Floyd es la de un ser humano que tenía sueños y esperanzas como tú y como yo, que un policía presionó con su rodilla hasta que George Floyd murió…

Por la garganta de Floyd salieron, cada vez más débiles, las súplicas por la vida, hasta que se apagaron cuando la falta de aire acabó con la última esperanza…

Hay protestas, disturbios, incendios, policías y si yo pudiera haría que las redes se incendiaron para que el fuego se llevara el odio…

Hoy no iba a escribir nada, porque creo que George Floyd y lo que su muerte representa merece mucho más que palabras e indignaciones póstumas, pero tengo este fósforo encendido y aunque la llama que produce sea insignificante, es lo que tengo para gritar por Floyd, ahora que un asesino con licencia, acabó con su vida.

AGUA DE POZO


Una y otra vez, cientos de ellas, dos o tres al día por lo menos, Filomena iba hasta el pozo, bajaba el cubo con la cuerda que estaba atada a la manija, maniobra a hasta que se hundiera en el agua fresca para con las dos manos izarlo, haciendo fuerza porque lleno pesaba y tenía que tener cuidado para que no se derramara mucho en la subida.

Una vez con el cubo arriba, vertía el agua en el cántaro de barro que había llevado hasta el pozo desde su casa y volvía a poner el cubo en el borde de piedra de la boca del pozo para que otra u otro que viniera por agua lo usara.

Después, con la práctica que dan las cosas que se hacen repetidas veces, se colocaba el cántaro con agua sobre la cabeza y en grácil equilibrio, lo llevaba de regreso a la casa, donde el agua fresca, mantenida así por el barro vidriado del que estaba hecho el cántaro, serviría para beber y un poco, separado en una vasija de peltre, lo usaría Filomena para darse una lavadita de gato antes de tomar su desayuno que era café que preparaba con el agua traída, en la única hornilla de la cocinita, y un pan que siempre estaba un poco duro…

Un mal día, Filomena tropezó en su camino de regreso a casa y el cántaro, por más que hizo para evitar que cayera, se hizo pedazos en el suelo, derramando toda el agua y haciendo que el susto fuera mayúsculo, para luego estallar en lágrimas…

No se acordó Filomena del refrán ése que dice: “Tanto va el cántaro al agua…”, pero decidió dejarse de cosas para en adelante llevar al pozo el maldito y horrible balde
de plástico naranja, que no podría llevar sobre la cabeza grácilmente, que iba a tener que cargar con las dos manos cuando estuviera lleno y que haría que anduviera a trompicones, pero si se caía no se iba a romper.