LA MAR ESTABA SERENA…


El día era espléndido, no hacía excesivo calor y desde la playa se veía el mar, que tranquilo, sin mayores olas, venía suavemente hasta la playa, trayendo un pequeño festón de espuma que se desparramaba mojando la arena para desaparecer, hasta que el agua, mansa, decorada, regresara…

Era ideal para meterse sin ningún miedo, corriendo y salpicando, para después zambullirse, mojarse la cabeza y sacarla chorreante, como medusa sorprendida, para dar unas brazadas perezosas y disfrutar…

Le vino a la cabeza la canción infantil que decía, “La mar estaba serena, serena estaba la mar; la mar estaba serena, serena estaba la mar… : ¡Con a…! La mar astaba sarana, sarana astaba la mar. ..”

Corrió sonriendo y salpicando agua, se mojó la cabeza y después de la zambullida de rigor, empezó a bracear en dirección contraria a la playa, hasta que fue como un punto negro y desapareció, mientras el mar, tranquilo, seguía llevando festones espumosos que se deshacían…

ALTURO


No hay ningún error y no es Arturo el nombre de quien trata esta historia, sino Alturo, con “l”…

Al nacer era un bebé grandazo y sus padres pensaron que con el pasar del tiempo sería un tipo alto y después de mucho pensarlo, se pusieron de acuerdo para llamarlo Alturo, nombre que desconcertó al párroco que quiso corregir lo que él pensó como error de los papás, pero se encontró con que sabían bien que era una “r” lo que querían como segunda letra en el nombre de su hijo.

Alturo fue Alturo y su abuela Pía, madre de la mamá, que era devota encarnecida en honor a su nombre, vio en el nombre un futuro de alturas religiosas y podría ser que su nieto, con oración y ayuno, una vida ejemplar y un poquito de suerte (se santiguaba aquí con una mano doña Pía y cruzaba los dedos en la otra) llegará a las alturas de un altar y fuera declarado santo.

Aluro creció alto y su cabeza descollaba siempre, aunque fuera el último de la fila cuando todavía estaba en el colegio; la vida fue pasando y doña Pía murió sin ver nombrado santo a su nieto, que ella siempre creyó predestinado, mientras que a él le parecía que su abuela era un poco tocada; la cosa es que no se sabe por qué, o por llevar la contra a su abuelita, Alturo se hizo evangelista y es de todos sabido que los evangelistas, no creen en los santos.

VOLVER A LAS ANDADAS


Tal vez sea algo sin importancia, pero esta mañana oí el clásico ruido que hacen las tijeras de podar y no lo tomé en cuenta hasta que volvió mi hija de hacer unas compras y recién entrando, con la mascarilla puesta todavía, me dijo:”¿Viste que cortaron las plantas…?” Miré por la ventana y en efecto, justo al frente, lo que fueron hasta ayer flores rojas y de otros colores, ahora eran palitos escuálidos – tallos, botánicamente hablando– con aire miserable y apariencia reseca…

Más tarde, una pregunta de mi nieta sobre el por qué habían cortado las “florecitas” me hizo pensar que el hombre había regresado y que ya los colibríes que venían y se alimentaban del néctar de las flores que había frente a la ventana, no encontrarían n sino palitos y no irían a volver para alegrar la mañana con sus vuelos mágicos y su iridiscencia cromática….

Tal vez me dirán que hay que podar las plantas, porque es bueno para ellas y yo pienso que la naturaleza no tiene tijeras de podar…

Ha regresado el hombre para hacer lo que ha hecho siempre: destruir el planeta y cometer este suicidio a plazos, creyéndose inmortal y omnisapiente.

EL EXTRAÑO DEL PELO BLANCO


Tomó sus pastillas con el té que el enfermero que lo atendía le sirvió, al tiempo que miraba fijo hacia algún rincón del cuarto y lo vio.

Tardó en reaccionar por la sorpresa y le preguntó al enfermero cómo había dejado entrar al hombre del pelo blanco…

“No hay nadie, más que usted yo…”, le contestó, pensando que era una alucinación más del viejo y esperó que terminara el té para arroparlo en la cama y cuando se durmiera, apagar la luz e irse a dormir también…

Cuando fue a despertar al viejo, este no reaccionó, porque los muertos no reaccionan…

Lo que el enfermero nunca sabría es que cuando el padre del viejo estaba en su lecho de muerte, le preguntó a su hijo, mirando hacia la ventana que daba al jardín, quiénes serían los hombres de pelo blanco que estaban atisbando desde fuera…

EL ABUELO RIGOLETTO


Cantaba mañana, tarde y noche, mientras se afeitaba, cuando lavaba los platos después del desayuno, del almuerzo y la comida ; antes de dormir, los lunes, miércoles y viernes, sintonizaba en la pequeña radio de su mesa de noche, el programa “Ópera Prima”, lógicamente de ópera, que era lo que cantaba siempre, con una voz que no tenía nada que hacer con su figura pequeña, porque era un vozarrón abaritonado con el que “atacaba” como él mismo decia las diversas arias que entonaba…

Se ganó el apodo por eso y no por tener ascendencia italiana alguna, aunque todos en el barrio lo creían nacido en Italia y a la familia la llamaban “los italianos”, aunque el viejo fuera más peruano que el pisco y hubiera nacido en Ayacucho*

*Ayacucho: Ciudad peruana de la Sierra sur central.