LA GUERRA Y LA PAZ


Eran dos amigas inseparables desde pequeñas; estuvieron juntas en el colegio, fueron a la misma universidad, estudiaron igual carrera y juntas también pusieron un negocito que les empezó a rendir y al crecer, de Alejandra y consuelo SAC, decidieron ponerle un nombre más acorde y pensaron en ponerle sus apellidos, pero lo pensaron bien, se dieron cuenta, se rieron mucho y escogieron las iniciales, que les parecieron inocuas y así nació AGCP & Co., es que eran Alejandra Guerra y Consuelo Paz… y prefirieron evitar bromas futuras para con lo que era algo serio.

DIEZ


Era alumno de un colegio que daba a la religión una gran importancia y a él eso de los 10 Mandamientos se le hacía un lío, porque nunca acertaba a decir cual era el tercero o el séptimo… Eran diez, tenían un orden y él, pésima memoria. Siempre apuntaba, pero cuando necesitaba consultar, no se acordaba dónde había metido el papelito.

Las clases de religión eran su tortura y se cambiaba de lugar cada vez que tenían una, tratando de sombrearse y pasar lo más desapercibido posible, no fuera a ser que le preguntaran algo como “¿Cuál es el quinto…?” y enmudeciera o contestara mal, quedando como palo de gallinero…

Lo de los 10 Mandamientos y su imposibilidad para decirlos del primero al décimo y de este al primero, o recitarlos salteados, como hacían todos – menos él – en el aula, era su trauma.

Pasó el examen escrito de religión, copiando y rezaba para que no lo llamaran a dar examen oral, cosa que no ocurrió y él atribuía a sus rezos y a que tenía la mano izquierda metida en el bolsillo del pantalón, acariciando un trébol de cuatro hojas que había encontrado en una maceta de su abuela, en la casa…

Los 10 Mandamientos fueron siempre su némesis, el castigo de los dioses, porque nunca pudo con ellos y el asunto se terminó volviendo una obsesión tal, que el número 10 lo asustaba, le producía tiraría, lo evitaba siempre que podía… ¡Hasta le agarró odio a Maradona!

Pasaron los años pero su obsesión no y fue a consultar con un amigo psicólogo para ver si lo ayudaba; le contó todo y su amigo lo miró a los ojos y sonriendo, le dijo : “La raíz de todo está en esos 10 Mandamientos con los que nunca pudiste… Es sencillo: ¡Cambia de religión!”

Primero creyó que era una broma y rió, pero se quedó pensando, conversó de otras cosas y se fue rumiando la respuesta de su amigo. Al llegar a casa lo llamó por teléfono y le preguntó:”¿Y si me hago agnóstico…?” La respuesta fue que no, porque debía llenar el vacío religioso con otra religión que no tuviera esos 10 Mandamientos.

Después de mucho pensarlo, escogió algo moderno y fácil… Se hizo creyente de la Iglesia de la Cientología y felizmente no se fijó que Cien era 10 veces 10.

EL SOL TIENE CUATRO PATAS


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Publicado el 16.6.2020 en el blog masticadoresmuchasalmas
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Era un vagabundo, sin dueño y ningún compromiso, nada le retenía mucho al lado de la basura, escasamente comestible, ahora que estaba en boga el no desperdiciar nada de comida, aprovechando hasta las cáscaras; qué épocas aquellas en que los callejones prometían banquetes y sabía, porque la experiencia es sabia, cuáles eran las casas cuya basura encerraba tesoros gastronómicos que se echaban al tacho y esperaba con paciencia, rondando vecindarios, la hora en que terminado el almuerzo o acabada la cena las posibilidades de un yantar suculento se le multiplicaban, aunque a veces las disputas con otro vagabundo lo dejaran maltrecho. En realidad no le importaba mucho y peleaba por pelear porque conocía al dedillo las puertas traseras que estaban a su disposición.

Pero ahora la calle estaba dura y en los callejones se amontonaban cajas vacías, periódicos pasados y botellas de vidrio, plásticos y bolsitas con pepas, con borra de café, con cáscaras de huevo, todo en definitiva incomible y que los hombres del triciclo se llevaban quién sabe para qué…

En su buscar comida un día vio a un hombre que sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, que de un cucurucho de papel periódico, comía algo con las manos; el olor, conocido y extrañado hizo que se acercara cauteloso y el hombre lo miró… Él ladeó la cabeza en un gesto como curiosidad y el hombre sonrió y levantó con los dedos, ofreciéndole, un pedazo de carne en el que él fijo la mirada y volvió a la dear la cabeza inquisitivo, sintiendo que su hambre atrasada salivaba en la boca.

Aceptó y delicadamente tomó entre sus colmillos el trozo de carne y lo comió masticando apurado, casi atragantando su temor, pero el hombre volvió a sonreír y ya no tuvo dudas, le sonreía a él…

Se echó al lado del hombre y con la cabeza entre las patas, se dedicó a mirar a los que pasaban y reaccionaba parando las orejas cuando una moneda hacía tintinear el jarro de fierro enlozado; ya casi de noche, el hombre se levantó trabajosamente, recogió los cartones que le habían servido de asiento, quitándole un poco el frío de la vereda, los metió en una bolsa de plástico junto con una frazada rota y el jarrito para las monedas que contó y guardó en un bolsillo del saco, que mugriento, le quedaba muy grande y tenía volteados los puños.

El perro lo miraba hacer y cuando él hombre, rengueando, empezó a caminar y lo llamó, lo siguió mansamente, mientras el hombre le decía :”Te llamaré Sol, porque es la primera vez que entrará el sol a mi covacha…”.

Sol ladró como si asintiera

SCANNER


El hombre era sujetado por dos policías, mientras que un tercero le agarraba el brazo obligando a que lo pusiera en el scanner; en la pantalla apareció nítido el chip que tenía insertado allí y que el lector iba a descifrar para conocer si el personaje era quien sospechaban…

Se revolvió, tratando resistirse, pero fue en vano. Un pequeño corte con el bisturí y las pinzas retiraron el chip que fue directamente a un frasco con alcohol.

Alcohol en el pequeño corte, gasa, esparadrapo y nuevamente la capucha para que no viera donde lo llevaban. Con las esposas puestas y brazos detrás, lo empujaron para que caminara por lo que era, se dio cuenta, un pasillo largo, hasta llegar al lugar donde le soltaron una muñeca de las esposas, le quitaron la capucha y con la esposa que tenía puesta, lo sujetaron a una cadena corta que salía de la pared y tenía un anillo al final; hicieron que se sentara en el suelo y quedó con el brazo que habían encadenado, a medio levantar: Era el otro que el de donde le habían extraído el chip.

Cuando leyeron el chip, supieron que no estaban equivocados y era quien sospechaban…

En la tarde-noche lo desesposaron, le pidieron disculpas y le dieron un sobre que contenía diez billetes grandes y un pasaje en autobús para llevarlo en una camioneta hasta la parada de autobuses donde el vehículo estaba con el motor encendido.

Mostró el pasaje, subió al bus, se acomodó en un asiento y cerró los ojos, mientras la carretera se hacía oscura…

Al día siguiente, los policías se pasaban un periódico donde la portada traía como título :”Explota un ómnibus y todos los pasajeros mueren” ; se miraron y uno comentó : “Lástima por los diez mil…”. “¡Eran falsos…!”, dijo el que parecía el jefe, riéndose.

EL SANTITO “CUICHI- CUICHI”


Oía tanto a su abuelita mencionarlo, que estaba convencida de que desde el cielo escuchaba sus oraciones y debía ser muy milagroso, porque además de su abue, su mamá lo mencionaba bastante también…

El no se atrevía a preguntar porque cuando lo hacía, la respuesta era que no fastidiara o que era algo para mayores, que no entendería…

El santo para ella, de tan mentado, era bien familiar, casi un juguete bonachón y peludito, como su perrito Bori, el peluche con el que dormía abrazada.

Estaba segura que el santo no se molestaría si ella le hacía “cuichi-cuichi” en la barriga con el dedo, porque era blando, blandito…

San Blando, su santo de confianza, que hasta tenía un día según su abuelita y su mamá y que ella no sabía cuando era, pero mejor ni preguntaba…

EL COLOR QUE CAYÓ EN EL SUELO


Era un color que había caído no sabía de dónde, pero recordaba que antes de caer otros colores lo acompañaban y estaban todos como en fila y debajo veían los paisajes, las ciudades, la gente que caminaba de un lado para otro y se detenía señalando hacia arriba, hacia ellos, los colores.

El color era el verde y le dolía todo por el porrazo, pero el rojo se dio cuenta y avisó diciendo: “Se nos ha caído la esperanza” y de inmediato, junto con los demás formó una escalera colorida y rescataron al verde, que maltrecho y cojeando regresó a su lugar y volvió el arcoiris a brillar en el cielo como un puente mágico, porque sin la esperanza nada se puede.