EL SOL TIENE CUATRO PATAS


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Publicado el 16.6.2020 en el blog masticadoresmuchasalmas
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Era un vagabundo, sin dueño y ningún compromiso, nada le retenía mucho al lado de la basura, escasamente comestible, ahora que estaba en boga el no desperdiciar nada de comida, aprovechando hasta las cáscaras; qué épocas aquellas en que los callejones prometían banquetes y sabía, porque la experiencia es sabia, cuáles eran las casas cuya basura encerraba tesoros gastronómicos que se echaban al tacho y esperaba con paciencia, rondando vecindarios, la hora en que terminado el almuerzo o acabada la cena las posibilidades de un yantar suculento se le multiplicaban, aunque a veces las disputas con otro vagabundo lo dejaran maltrecho. En realidad no le importaba mucho y peleaba por pelear porque conocía al dedillo las puertas traseras que estaban a su disposición.

Pero ahora la calle estaba dura y en los callejones se amontonaban cajas vacías, periódicos pasados y botellas de vidrio, plásticos y bolsitas con pepas, con borra de café, con cáscaras de huevo, todo en definitiva incomible y que los hombres del triciclo se llevaban quién sabe para qué…

En su buscar comida un día vio a un hombre que sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, que de un cucurucho de papel periódico, comía algo con las manos; el olor, conocido y extrañado hizo que se acercara cauteloso y el hombre lo miró… Él ladeó la cabeza en un gesto como curiosidad y el hombre sonrió y levantó con los dedos, ofreciéndole, un pedazo de carne en el que él fijo la mirada y volvió a la dear la cabeza inquisitivo, sintiendo que su hambre atrasada salivaba en la boca.

Aceptó y delicadamente tomó entre sus colmillos el trozo de carne y lo comió masticando apurado, casi atragantando su temor, pero el hombre volvió a sonreír y ya no tuvo dudas, le sonreía a él…

Se echó al lado del hombre y con la cabeza entre las patas, se dedicó a mirar a los que pasaban y reaccionaba parando las orejas cuando una moneda hacía tintinear el jarro de fierro enlozado; ya casi de noche, el hombre se levantó trabajosamente, recogió los cartones que le habían servido de asiento, quitándole un poco el frío de la vereda, los metió en una bolsa de plástico junto con una frazada rota y el jarrito para las monedas que contó y guardó en un bolsillo del saco, que mugriento, le quedaba muy grande y tenía volteados los puños.

El perro lo miraba hacer y cuando él hombre, rengueando, empezó a caminar y lo llamó, lo siguió mansamente, mientras el hombre le decía :”Te llamaré Sol, porque es la primera vez que entrará el sol a mi covacha…”.

Sol ladró como si asintiera