AGUA DE POZO


Una y otra vez, cientos de ellas, dos o tres al día por lo menos, Filomena iba hasta el pozo, bajaba el cubo con la cuerda que estaba atada a la manija, maniobra a hasta que se hundiera en el agua fresca para con las dos manos izarlo, haciendo fuerza porque lleno pesaba y tenía que tener cuidado para que no se derramara mucho en la subida.

Una vez con el cubo arriba, vertía el agua en el cántaro de barro que había llevado hasta el pozo desde su casa y volvía a poner el cubo en el borde de piedra de la boca del pozo para que otra u otro que viniera por agua lo usara.

Después, con la práctica que dan las cosas que se hacen repetidas veces, se colocaba el cántaro con agua sobre la cabeza y en grácil equilibrio, lo llevaba de regreso a la casa, donde el agua fresca, mantenida así por el barro vidriado del que estaba hecho el cántaro, serviría para beber y un poco, separado en una vasija de peltre, lo usaría Filomena para darse una lavadita de gato antes de tomar su desayuno que era café que preparaba con el agua traída, en la única hornilla de la cocinita, y un pan que siempre estaba un poco duro…

Un mal día, Filomena tropezó en su camino de regreso a casa y el cántaro, por más que hizo para evitar que cayera, se hizo pedazos en el suelo, derramando toda el agua y haciendo que el susto fuera mayúsculo, para luego estallar en lágrimas…

No se acordó Filomena del refrán ése que dice: “Tanto va el cántaro al agua…”, pero decidió dejarse de cosas para en adelante llevar al pozo el maldito y horrible balde
de plástico naranja, que no podría llevar sobre la cabeza grácilmente, que iba a tener que cargar con las dos manos cuando estuviera lleno y que haría que anduviera a trompicones, pero si se caía no se iba a romper.