MUSTANG


Tuve un Mustang hardtop del año 67, que compré usado hace bastante más de veinte años, rojo y, por desgracia, automático, porque siempre pensé que le restaba una respuesta rápida, la que tendría al encabritarse, con una segunda de caja de cambios mecánica, metida oportunamente…

Interior austero, tapicería negra y una consola central de metal plateado, contenía al final un cenicero para los fumadores del asiento de atrás que estaba limpiecito siempre, porque rara vez había más de un pasajero que se ajustara el cinturón de seguridad, e iba en la butaca de al lado de la del piloto.

El tablero tenía dos relojes, uno era el velocímetro y el otro un cuenta revoluciones; una radio a la que agregué una reproductora de cassettes, completaban, con el timón y la palanquita de las luces intermitentes que indicaban voltear a derecha o izquierda, el frente.

Los sábados, temprano, con mi nieta Daniela que hoy tiene 26 años y entonces tendría cinco o seis, como acompañante y copiloto, primero comprábamos el periódico y alguna revista de historietas para ella y nos íbamos a San Isidro, a “La Baguette” donde de lunes a viernes desayunaba dos exprés y leía el periódico, por algún sandwich, pastelito, café para el firmante y MIlo con leche para ella.

Otras veces nos íbamos a “D’Onofrio” por unos heladitos, sandwiches, un café y bebida gaseosa, también en San Isidro, en Miguel Dasso, al costado de la librería “El Virrey”, de Chachi y Eduardo Sanseviero, uruguayos, él jugador empedernido de ajedrez y ella compitiendo en echar humo conmigo, con sus “Gitanes” franceses, negros sin filtro y yo con el “Balkan Sobranie” de mi pipa, tabaco inglés , mezcla de variedades con un fantástico sabor y olor no tan grato para el no fumador.

Café mediante, mientras yo recorría los estantes buscando novedades, títulos atractivos o recomendaciones, Chachi y Daniela compartían un cuento ilustrado que ella se llevaría a la casa y Eduardo o leía o estaba atento al cliente que llegaba para pedir un libro y consejo sobre otro.

Volvíamos a casa, más amigos que nunca, compañeros de sábado, compinches de café, de Milo y sandwichitos, sin contarle a su abuela, ni tampoco a su madre sobre nuestra aventura sabatina, por lo menos hasta después de almuerzo…