EL TIEMPO Y LA HISTORIA


Según todos, la Historia ha tenido como padre a un señor llamado Herodoto y esa vieja casquivana ahora, al mirar en el vaso con agua donde coloca con cuidado cada noche su sonrisa postiza, ha encontrado otra vez que está vacío y que no puede remojar su mueca…

El Tiempo, su también viejo amante que la ha visto desde antes, no se inmuta porque aunque se prepara para los alaridos, sabe que son una exageración de coqueta perenne, que no admite el rictus de su boca…

“Y ahora qué voy a hacer… ?” “Es que este es mi fin, como el Fukuyama ése escribió haciéndose el vidente…?” “Es que aquí acaba todo y mi sonrisa encantadora no va a volver jamás y Tiempo se va a ir, porque ya no podré retenerlo con la magia brillante que dejan ver mis labios entreabiertos …?”

Pero Tiempo, paciente, le conoce otras crisis parecidas: porque se le olvidó el agua, porque el lunar postizo se le cae, porque para la red de arrugas no hay crema Pond’s que valga o porque la peluca enrulada no tapa bien su calva…

Lo que pasa es que Historia no se acuerda de lo que han sido minucias verdaderas y que fueron desastres y zozobra para ella en otras ocasiones… No recuerda, porque tiene la memoria tan frágil como sus huesos viejos.

“Esto le pasará, como ha sucedido tantas veces y será un empezar de nuevo con miraditas de reojo, sonrisas invitantes y escote bien abierto que, anciana meretriz olvidadiza, deja ver unos senos marchitos que delatan la edad… “, piensa Tiempo que conoce a la hija de Herodoto como si fuera suya.

Y así va a ser, porque así ha sido siempre y lo que ahora pasa es solamente una repetición de la repetidera, Tiempo lo sabe y ríe, viendo a la Historia mirarse en el espejo y poner cara de asco.