CUCARACHAS


Mientras a la mayoría repugnaban, daban temor, molestaban o eran unos bichos asquerosos, a él le fascinaba las cucarachas, especialmente las grandes, con su color marrón rojizo, movilidad veloz, capacidad de vuelo y ese sensible olfato para lo que fuera comestible o desechos orgánicos que las hacía habitantes de alcantarillas, desagües y visitantes asiduos de las cocinas, especialmente si estaban sucias.

No lo emocionaban las “cucarachitas de cocina”, esas pequeñas ñsabandijas que medraban en lo oscuro, pero huían apenas había luz…; no es que sus favoritas gustaran de ella, pero cuando de pronto eran iluminadas, se quedaban quietas y movían lentamente las antenas como orientándose y pensando a ver qué hacían…

En unas peceras grandes a las que puso tapas de madera con agujeritos para que pudieran respirar, guardaba muchas cucarachas que seguramente se reproducían en medio de la viruta y pedacitos de papel de diario que casi amorosamente había colocado al fondo. Para alimentarlas probó primero con trozos de pan y al tiempo vio que iban desapareciendo. No se preocupó por los excrementos que sabía producían absorto como estaba en la contemplación de lo que él llamaba sus mascotas. Por las tardes cubría las peceras con una manta cada una y les daba calor conectando dos estufas que ponía al mínimo. Por las noches apagaba las estufas, doblaba las mantas, deseaba buenas noches a los habitantes de las peceras y se iba a dormir plácidamente.

Al despertarse, tomaba un café mientras veía movimientos entre la viruta y el papel de diario. No les gustaba mucho la luz y por eso mantenía cerradas las cortinas y evitaba salir para no abrir mucho la puerta.

No creía mucho en lo que había leído sobre las cucarachas, fiándose más en su propia observación y aplicando lo que él llamaba “intuición”.

Y el agua…? Cómo nunca había visto beber a una, decidió que no era parte de la dieta y borró esta posible preocupación de su cerebro, hasta que un día aparecieron dos cucarachas muertas y sus restos mortales pasaron a ser parte de la comida diaria de sus protegidas, que al parecer sí se reproducían.

Después de mucho caviar, un día se propuso soltarlas, dejándolas salir a un desagüe cuyo buzón estaba frente a su casa; esperó una madrugada para efectuar “operación libertad” como la había llamado. Vació las peceras, ayudando a las que le parecía que se resistían, cerró la tapa del buzón y mirando a todos lados regresó con las dos peceras vacías, que ya en casa, puso en el patio.

Desde entonces lee en el diario y ve noticias esperando alguna señal que confirme la frase esa de “Las cucarachas heredarán la Tierra” y así poder sentirse un poco responsable del Apocalipsis.