ADIOS, QUE TE VAYA BIEN


La estación del tren, vacía desde años atrás tenía un solo visitante que con su maletita de cartón al lado y un sombrero panamá que había visto tiempos mejores le servía para abanicarse…

Venía a diario con asidua puntualidad, se iba a las dos y regresaba a las cuatro, para volverse a ir a las nueve y sentarse, quieto, a las ocho de la mañana del día siguiente a esperar. Porque esperaba al tren que nunca llegaría y a los que jamás irían a despedirlo.

Esperaba porque hacerlo era su última esperanza, esa que tuvo hacía varios años y a la que nunca quiso renunciar.