LA PUERTA


 

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La puerta era inmensa y estaba cerrada.

Cerrada y con cuatro sellos que la protegían de curiosos, ladrones y aventureros.

 

Quién sabe cuándo la habrían cerrado, sellado y qué tesoros escondería detrás de lo que, por lo que se veía, era metal; los dos hombres se miraron a través del visor transparente de las escafandras; estaban enfundados en overoles que les ceñían las muñecas, guantes firmemente pegados y en los pies el traje terminaba en botas impermeables, de suela muy gruesa; llevaban cinturones con herramientas y una botella con oxígeno que estaba colocada en la espalda, sujeta por tiras de nylon trenzado y de la que salía un tubo que llegaba hasta la escafandra, la que los hacía parecer muñecos cabezones.

 

Uno de ellos abrió la escalera metálica de tijera y subió lentamente, con el soplete portátil en la mano libre. Al llegar al sello más alto, encendió el aparato y un chorro amarillo que fue variando a rojo y terminó en azul, aplicado al cierre que tenía complejos dibujos, lo calentó hasta que gruesas gotas metálicas cayeron al suelo, volatilizando el sello por completo.

 

El hombre de la escalera sonrió dentro de su escafandra y miró a su compañero, que le hacía una seña levantando el pulgar.

 

Bajó  hasta llegar al siguiente sello y repitió la operación, con el mismo resultado; luego siguió bajando hasta llegar al suelo e hizo una cómica reverencia indicándole a su compañero que le cedía el sitio, que era su turno y le pasó el soplete.

 

El segundo, subió y hasta llegar al tercer sello y con el chorro que variaba del amarillo, al rojo y al azul hizo que nuevamente el sello se deshiciera en gotas ardientes.

 

Bajó los escalones para alcanzar el cuarto sello que estaba fuera del alcance de un hombre, aunque este fuera alto; “¿Serían gigantes…?” pensó y se dio cuenta que el sello era distinto al otro que había desaparecido y que tenía un dibujo cuyos ojos eran como de vidrio rojo; encogió los hombros mentalmente y encendió el soplete que derritió el sello y no se dio cuenta que los ojos no se habían derretido y cayeron al suelo con las gotas de metal fundido

 

 

 

Los sellos habían desaparecido transformándose en una masa metálica que el pie de la puerta, tenía dos puntos rojos que parecían mirar al que mirara.

 

La puerta seguía cerrada y los dos, al unísono empujaron, pero no parecía moverse; hicieron fuerza y la puerta se abrió un poquito dejando ver una línea de delgada oscuridad. Empujaron más fuerte y tuvieron que vencer una como fuerza invisible que impedía que lograran su cometido.

 

Finalmente la puerta se abrió y desde dentro comenzó a soplar un viento que primero era leve para aumentar hasta transformarse en un verdadero ciclón. Fue disminuyendo en intensidad hasta que nada sopló más.

 

Si hubieran conocido la Historia de ese planeta, los dos astronautas hubieran sabido de la puerta que detenía los males y los vientos, encerrados allí, en esa especie de Caja de Pandora gigantesca.

 

Nunca se supo más de los dos astronautas y todavía se cree que fallaron los overoles herméticos, o que se les había terminado el oxígeno…

 

Imagen: valledededempleo.wordpress.com