LOS TRABAJOS DE HÉRCULES


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Se llamaba Hércules, pero su figura distaba mucho de ser hercúlea, porque era bastante esmirriado, aunque lo compensaba con su audacia, era taimado y lo que ahora llamaríamos “un vivo”.

 

Vio una oportunidad dorada en presentarse como candidato a la presidencia de la república; total, no le había ido nada mal en la ferretería, donde aguaba la pintura que vendía (“un poquito nomás, para que no se note”), la balanza en la que pesaba clavos y tornillos (porque decía que eran más baratos si los compraban al peso) estaba “arregladita” para que mágicamente 80 gramos se convirtieran en cien y así, con ingenio multiplicó su capital, de tal manera que colocó un letrero luminoso en su negocio “LA FIERRETERÍA” (es que vendía fierros de construcción) con dos fluorescentes en vez de los seis que requería, por eso de “ahorro es progreso”, para que hasta de noche lo tuviera presente la gente del pueblo (su sentido del ahorro hacía que el letrero brillara solamente hasta las 12.00 pm, desde las 7 pm, porque, decía “la oscuridad empieza a las siete de la noche y la gente trabajadora a las 12 ya está durmiendo”.

 

Compró un camioncito viejo muy barato, a un cliente que le confió estar desesperado por dinero y con él puso a sus dos sobrinos a cargar y transportar las piedras que sacaban del río y a tres sobrinos segundos a que picaran las piedras descargadas en un terrenito con muros de adobe, en la puerta del cual pintó con tiza :”LA PEDRERA”, porque le gustó el nombre pétreo y se dijo a sí mismo: “Crecemos Hércules, de “LA FIERRETERÍA” a “LA PEDRERA”, el asunto avanza…”

 

Le fue bien con la piedra picada que vendía como “cascajo” y se puso a maquinar para seguir en eso que avizoraba como un conglomerado de empresas (porque su ferretería y “La Pedrera” eran para él empresas, “sus” empresas) de eso que en la ciudad llamaban “la construcción civil”; ahorrémonos los pasos que dio y entendamos que a punta de ser “vivo” se mudó a la ciudad, el camioncito se convirtió en flota transportadora, “LA PEDRERA” se convirtió (por cábala) en el nombre de su conglomerado de “construcción civil” que abarcaba todo lo imaginable en materia de construcción y escarceos en “construcción militar”, si tenemos en cuenta que una de sus empresas constructoras se dedicó a ganar licitaciones de un solo postor para el levantamiento de cuarteles en todo el país…

 

Hércules creció en fama y fortuna, pero lo que él quería en realidad era ser Presidente para poner en práctica, al servicio de todos (y de él, claro), lo aprendido con “LA FIERRETERÍA”, “LA PEDRERA” (la de piedra picada) y el conglomerado “LA PEDRERA” (que él llamaba su “plus”). Al servicio de la gente lo vivido en las licitaciones y en la

–afinada por él- técnica de “aceitar” a quien tenía que girar (“los cheques”, pensaba satisfecho) y en general todo lo que lo había hecho rico e influyente: lo que era “su” verdadero capital.

 

Él quería servir a su país y servirse también, porque “donde come uno comen dos”, “la comida no hay que desperdiciarla” (sus sacos tenían los bolsillos forrados en plástico, para que cuando lo invitaran a los cocteles, pudiera barrer con entera confianza con los bocaditos de las bandejas de plata y llevárselos a su casa para uno o dos desayunos y algún tentempié nocturno) y “un plato de comida no se le niega a nadie”; había aprendido a compartir y a que “quien parte y reparte se queda con la mejor parte”. Había aprendido pues.

 

Famoso y opulento hizo su sueño realidad y llegó a Presidente con un poco de aceite en las bisagras adecuadas, con sanguchitos metidos en tápers, con loncheritas inocentes llenas de billetes de cien verdes, con “pisco y butifarra”, con promesas de toda laya afianzadas con su platita más, con acuerdos por debajo y los costados de innumerables mesas y con una plétora de seguidores que confiaban en él para los puestos de confianza ofrecidos dentro de lo que iba a ser su justo y exitoso gobierno.

 

Se llamaba Hércules, era Presidente y gustaba unir las manos sobre el vientre (que había prosperado también) para hablar de “Los Trabajos de Hércules” y contar cómo con esfuerzo, fuerza mental, mucha constancia y deseos de superación (o sea, lo usual en todo triunfador y lo que recetan los libros de autoayuda), había pasado de ser “Nadies” a ser el envidiado y ejemplar ejemplo de que “el trabajo dignifica”.

 

Lo único que nuestro Hércules no sabía es que el Hércules primigenio, o si quieren Heracles, se fue al Mediterráneo Occidental y  al regresar, después de haber trabajado como loquito:

Mientras descansaba, a su regreso del agitado periplo trabajólico, Caco, un local, hijo de un dios y héroe por añadidura, le robó unas reses robadas y se las llevó a su gruta. Caca (se llamaba así), hermana de Caco, le dijo a Hércules dónde estaba el ganado caqueado y el de la fuerza bruta hizo pomada a Caco con su maza… Por supuesto lo nuestro Hércules Presidente, famoso, platudo y barrigón no se imaginaba que el musculoso considerara “trabajo” lo de los robos de las yeguas, el cinturón, las manzanas doradas, las reses y el secuestro (robo nomás) del Can…cerbero, porque de otra manera hubiera encontrado coincidencias con el fortachón, que le hubieran hecho hinchar mucho más el pecho, amamantar su orgullo y verse a sí mismo como un prócer, heredero de las artes birlescas (ojo que es con “i”, por lo de birlar=robar) de un señor mítico.

 

Era Presidente, birlaba con estilo y en cantidades navegables, pero repartía. Las “alitas” que daba le aseguraron siempre el aplauso, la “portátil” que lo seguía a todas partes hablando bien de él y loándolo, como hacían en la antigua Roma los clientes de la gente importante, senadores, et al.

 

Hércules Presidente se sentía un Héroe, no solamente por el nombre compartido, sino porque los aplausos no lo dejaban ni dormir (felizmente),  ya que si se dormía, podía aparecer un Caco cualquiera (con o sin Caca) y malograrlo todo.

 

Imagen: http://www.eonline.com