Saber decir no


Realismo Antimágico

Decir si queriendo decir no, es una especie de autolesión, una falta de respeto por nosotros mismos. Queda en evidencia el temor a la exclusión, el miedo a la soledad. Aquel que no sabe decir no, termina odiándose a sí mismo o a los demás, porque esa es la traición original, creer que nuestros deseos no son importantes, que nuestra voluntad es algo prescindible
Tener la insolencia de cuestionar lo que el mundo espera de ti es no sucumbir ante la presión, es aprender y enseñar lo que significa la palabra respeto. Es enviarle un mensaje al mundo, de que tomaste el control, de que no tienes que pedir disculpas por existir; de que ejercer tu voluntad es un camino para la felicidad.

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EL NOMBRE


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 “¡Yael ven aquí…!”, Yael esto y Yael lo otro…

 

Yael era un niño que creció con un nombre raro y un apellido común: Gonzales. Por más que Yael preguntó, lo único que le decía su madre era que a ella le gustaba y su padre le respondía siempre que se llamaba así, porque le gustaba a su madre.

 

La verdad era que la señora Dorotea de Gonzales, cuando iba a dar a luz a su hija (ella quería que fuera mujer y su marido, don Cristóbal Gonzales quería que fuera hombre) y en el trabajo de parto, seguía las indicaciones de doña Cleta, la comadrona, que se hacía llamar “obstetriz” para cobrar un poco más: “¡Puja, hija…, puja…!”.

 

Fuera del cuarto, con la puerta cerrada, don Cristóbal paró la oreja al escuchar los gritos de su esposa y creyó oír que doña Cleta le decía: “¡Hija de puta…!”; se sobresaltó pero después entendió lo que era y nervioso, encendió el séptimo cigarrillo con la colilla del sexto.

 

Dentro, doña Cleta ayudaba a llegar al mundo a una robusta criatura y se oyeron los gritos de doña Dorotea: “Ya… ¡Ya…! ¡Yaaaaaa….!”, hasta que empezó a chillar el nuevo ser a la primera bocanada de aire (no se sabe si porque no le gustó el olor a cigarrillo que flotaba en la casita) y don Cristóbal sonrió aliviado, tiró al suelo el cigarrillo recién empezado y lo pisó para apagarlo, sintiendo en el fondo desperdiciar uno, pero convenciéndose a la vez que su primer hijo (porque tenía que ser hombre) valía la pena…

 

Cuando doña Cleta lo hizo entrar al cuarto, miró a la cama donde estaba su esposa, con cara de circunstancias, despeinada y con un bulto envuelto en un pañal acunándolo con el brazo derecho. “¿Ya…?” preguntó don Cristóbal, incrédulo. “Ya…” dijo ella y ante los ojos abiertos como ventanas de su marido que quería saber, completó: “Ya…él”, aceptando que era un hombrecito.

 

Y ese fue el origen del nombre de Yaelcito.

 

Claro que nadie sabía que Yael era un nombre de mujer, de origen hebreo: el de una heroína nada menos, ni tampoco supo doña Dorotea  que había ganado en parte, al menos con el nombre…

 

Nota: Esta historia apareció en mi mente al escuchar a una mamá llamando y vi por la ventana que era a su hijo, que llegaba corriendo, a los gritos de “¡Yael…, Yael…!”.

Estoy seguro que la señora no sabe que el de su hijo es un nombre de mujer y de pronto no se apellida Gonzales…

El resto lo ha hecho “la loca de la casa”, como llamaba santa Teresa a la imaginación.

 

 

Imagen: sp.depositphotos.com