El quehacer


SENDERO BLOG

Cumplir setenta y cuatro años y divertirse extrayendo palabras para después armarlas y rearmarlas es un trabajo de dioses. Inicias el trabajo con una idea y en el devenir la terminas con diferente acabado y color. La dejas en el estantero y te ocupas de otros menesteres…Un día sin tiempo pasas y la reconoces, le quitas el polvo y la espulgas. Siempre critique a mi tía por estar sacándole brillo a sus figuras de porcelana y me acuso de tener el mismo pecado. Tallar la palabra  no aburre, siempre es mi mejor regalo.

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¡…TIBURÓN, … TIBURÓN…!


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Los niños juegan y uno de ellos, por turno, los asusta, gritando y poniendo cara de malo y las manos con los dedos como garfios. Todos corren de él, gritando “¡Tiburón…, tiburón…!” mientras el “tiburón” trata de atrapar a alguno; el juego recomienza cada vez que uno es tocado siquiera. El griterío es impresionante y la diversión muchísima.

 

Un día de sol, los amigos van a la playa y deciden jugar, como siempre; a orillas del mar, en ropa de baño y corriendo por la arena que está húmeda por el ir y venir del agua que es tibia, se sienten a sus anchas.

 

Tal vez por eso no oyen o hacen caso al grito de “¡tiburón, tiburón…!” mientras el escualo que había llegado silencioso y hambriento, se internaba en el mar con Pepe entre sus mandíbulas poderosas.

 

Imagen: google.com