EL CLASIFICADOR


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Tenía la costumbre de clasificar a las personas de acuerdo a un orden que tenía establecido y a quienes trataba, lo hacía de con arreglo a lo que pensaba.

 

Nunca se arriesgaba y prefería “medir” al otro y catalogarlo, para que así se pudiera entablar una conversación más o menos larga, establecer alguna reunión posterior o –lo más difícil- cultivar una amistad.

 

Lo tildaban de huraño, “raro” y a veces  hasta de metiche, porque solía hacer preguntas insólitas, como las de inquirir por la edad de una mujer o la masculinidad de un hombre.

 

No se inmutaba y seguía con lo que podríamos llamar manía, moviéndose cautamente, desconfiando y catalogando hasta que un día se enamoró perdidamente de una chica, que le confesó 20 años (él tenía 40), lo miraba con grandes ojos azules y jugaba con su largo cabello rubio (el de ella, por supuesto).

 

Todo su archivo mental se revolvió, la invitó a salir y le contó que era millonario… Lo cierto era que tenía con las justas para invitarla a un lonchecito ligero y después se tendría que ir caminando hasta el cuarto en que vivía…

 

Enamorado, con el clasificador hecho pedazos, vendió el televisor, la cafetera y un par de sacos que no le cerraban y con el poco de dinero que consiguió, en un ambulante del mercado compró una pulsera de cuero trenzado que le pareció juvenil y colorida; en su cuarto sacó el reloj que le había regalado su padre de la bolsita de ante con monograma, lo envolvió en un papel y se fue hasta una casa de empeños, donde le dieron trescientos soles después de examinar el reloj y comprobar “de oro y marca reconocida”. Se sintió de veras millonario y sonrió.

 

Con los trescientos soles y la bolsita de ante con la pulsera en su bolsillo, caminó hasta donde ella le había dicho que trabajaba; la tienda era una pasamanería grande y mirando desde afuera por la vitrina, la vio.

 

No se atrevió a entrar y se fue caminando hasta apoyarse en una pared para esperar que saliera, porque calculaba que ya eran cerca de las seis de la tarde, para darle la sorpresa y la bolsita de ante con la pulsera de colores, de cuero trenzado.

 

Un muchacho llegó, pasó de largo, volvió a pasar frente a él, lo miró, siguió caminando y de pronto se acercó y le preguntó la hora. Él dijo que no tenía reloj, pero que serían cerca de las seis y el muchacho volvió a mirarlo para preguntarle si quería “merca”, de la buena, baratita…

Negó con la cabeza y se fue en dirección opuesta. Se puso a observar desde más lejos la puerta de la pasamanería y el muchacho estaba cerca de la puerta; la chica rubia salió y él empezó a caminar, sonriendo…

 

El muchacho de la “merca” se acercó a la rubia, la besó, se besaron en la boca y se fueron hablando, abrazados, pasando frente a él, que tenía una pulsera de colores, de cuero trenzado, en una bolsita de ante y trescientos soles en el bolsillo.

 

Imagen: http://www.actitudfem.com