EL TÍCHER


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Se ganó el apodo cuando entró a la clase por primera vez, con su corbatita michi y su especial parsimonia.

 

Good morning pupils, I am your english teacher…” dijo y de ahí en adelante, durante toda su vida sería “El Tícher”, porque a los chicos –que no entendieron ni papa- las otras palabras no les sonaban y ni “gud, monrnin y ai am yur” eran buenas para un apodo.

 

Empezó en inglés, pronunciando correctamente, con ese acento británico que había ensayado largamente y que era un poco gangoso, pero que a él le parecía muy elegante, casi tanto como su corbata michi y el peinado raya al medio que dominaba su figura flaca y estirada.

 

Se dio cuenta en ese momento, al ver las caras de curiosidad y por el silencio que reinaba en la clase, que no le habían entendido; claro, qué iban a entender otro idioma si tenían diez años y en sus casas nunca habían oído otra cosa que el castellano, mal hablado, por cierto.

 

En esa provincia lejana, el inglés, Inglaterra y todo lo demás que no fuera la placita, las calles de tierra, el alcalde gordo y las familias era desconocido; allí se estrenaba como maestro después de haber estudiado en la “Escuela Normal 329” y en una “British Academy” de la capital, para ser maestro y especializarse en inglés (“el de a de veras”, puntualizaba); ahora tenía que vérselas con estos mocosos que lo miraban expectantes y pendientes de lo que fuera a decir. Tenía que hablar en castellano y se le hacía un nudo en la garganta porque era su primera clase para enseñar inglés y recordaba siempre que se aprendía mejor otro idioma si te obligaban a hablarlo, escuchándolo todo el día, sin que oyeras o pudieras decir algo en tu lengua nativa…

 

No sabía si era el efecto de la corbata michi y el cuello de la camisa nueva que le ajustaba un poco, pero paseó la mirada sobre los alumnos que a su vez lo miraban, esperando que les dijera algo que entendieran; tendría que ir contra la regla número uno de su método de enseñanza, nunca probado pero largamente acariciado y hablarles en castellano, explicándoles que el único modo que tenían de aprender inglés era que él hablara siempre en ese idioma y que ellos no usaran el castellano para nada.

 

Entonces uno, desde atrás, levantó la mano y preguntó que para qué aprender eso que no entendían, si no lo iban a usar, porque aunque llegaran a hablar en inglés, en sus casas y fuera del colegio nadie sabría lo que decían; hizo un esfuerzo, tragó saliva y empezó en castellano, entre amoscado y nervioso: “Van a aprender y la única manera es usar el idioma inglés. Yo les voy a enseñar y ustedes van a aprender. He estudiado mucho y sé que ni ustedes ni yo vamos a fracasar: ustedes aprenden y yo enseño…”

 

Se sintió como un general arengando a la tropa antes de entrar en combate, aunque la tropa fuera un hato de chiquillos y él un general con corbata michi. Continuó en castellano, indicándoles que era la última vez que usaría esa lengua, porque a partir de la siguiente clase, todo sería en inglés y poco a poco, con su método sería fácil para ellos aprender lo que en era un idioma que estaba dominando el mundo.

 

Pasó la hora señalando la mesa y nombrando: “mesa, table…”, o la silla, “chair” o el pizarrón: “blackboard”, mientras los chicos cuchicheaban entre ellos y repetían por lo bajo las palabras, alguno se reía y él miraba su reloj porque no quería pasarse de la hora, además de que en la clase no había mucho más que nombrar que no fuera el libro, el cuaderno, el lápiz, la tiza y la mota, o la puerta, la ventana, el piso, las paredes y el techo. Claro que estaban camisa, pantalón, zapatos, saco y la corbata michi.

 

Cuando la señaló y dijo “bow tie” se dio cuenta que esos chicos nunca usarían corbata y menos una michi: pestañeó pensando que de pronto era inútil que les enseñara inglés, casi tanto como usar una corbata michi en el campo…

 

Imagen: http://www.imagenesparacoloreargratis.com

 

 

 

Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.