JUEGOS DE PALABRAS


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A veces vemos comerciales de televisión o escuchamos avisos de radio en los que se nos proponen juegos de palabras que uno tiene que descifrar para entender el mensaje y si no acierta… ¡perdió! Como si la publicidad fuera un juego, uno donde ganar no significa nada, porque a la menor dificultad en la comprensión, el público mueve el dial, cambia de canal o se va a otra cosa.

Hay muchos “creativos” que creen (y que no crean) que el público está atento a su mensaje y en capacidad para inmediatamente responder a una especie de “quiz” ingenioso que en realidad es como un espacio en blanco en la escritura y que rompe la claridad del mensaje, siendo, en vez de atractivo, un ahuyentador de la atención.

Creo que lo que sucede es que se trata de decirle al público objetivo “Mira qué inteligente soy…” y sentirse paternalmente superior, porque de otra manera no entiendo cuál es la función de algo que complique de tal manera lo que se quiere expresar, que lo anule.

La publicidad, lo he dicho antes, no es un juego de adivinanzas o de interpretación en lo absoluto. Es algo totalmente serio que propone y recomienda, sirviendo, cuando está bien realizada, como un motor.

No es que la publicidad tenga que ser aburrida y únicamente informativa, por el contrario, lo primero que tiene que hacer es ATRAER, pero con algo que el público entienda y no con acertijos o retruécanos que pasan por ser ingeniosos y lo que producen es un bostezo y pérdida de atención.

Evitemos los juegos de palabras.

Publicado en codigo.pe 27.11.2019.

SALSERÍN


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Tenía las orejas grandes  y de chico le decían “ventilador”, pero era un absoluto desorejado porque no le atinaba en cuestión de tonos ni de ritmos; por eso no cantaba y no podía bailar, porque como siempre decían sus amigos, tenía “dos pies izquierdos”.

 

En su trabajo le pusieron “Salserín” como apodo, pero no porque fuera un eximio bailarín de salsa, la cantara o supiera algo sobre ese invento puertorriqueño-cubano que hacía mover el esqueleto y desgañitarse a un público fanático y devoto del ritmo caliente. Simplemente era un negado para todo lo que fuera música.

 

Le pusieron la chapa porque en el restaurante donde entró a trabajar como barrepisos y lavaplatos, con el tiempo aprendió un poquito de cocina y le gustó especialmente la preparación de las salsas con que los clientes acompañaban la comida.

 

Especializado por el gusto y la costumbre, se dedicó a ello.

Claro, no sabía sobre la leyenda acerca de un zambo gringo llamado  Ernest Evans,  al que se le había ocurrido un baile que se llamó “Twist” y que se basaba en los movimientos que hacía, cuando antes de ser famoso y ser conocido como Chubby Checker, trabajara cortando y empacando carne.

 

Él era “Salserín”, por las salsas y no era famoso aunque sí bien popular en el restaurante del mercado.

 

Imagen: artes.uncomo.com