TENEMOS UN LINDO COMERCIAL”


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Va a sonar un poco como autobombo, pero cuando me iba de JWT, un amigo cliente tuvo unas palabras que nunca voy a olvidar porque las considero como una medalla que muestro siempre con orgullo: “Te vamos a extrañar, porque ahora ¿quién nos va a contar los comerciales en las presentaciones diciendo Tenemos un lindo comercial…?”

Lo que parece una forma graciosa de referirse a mi trabajo, encierra en realidad, para mí, un elogio hacia lo que siempre me gustó hacer y compartir. Hacer guiones para comerciales y en general desarrollarme haciendo publicidad, implicó siempre la difícil parte de presentar lo pensado de manera tal, que quienes escucharan pudieran “ver” lo que estaba contando.

Traté siempre de captar su atención y de llevarlos de la mano para que no pudiesen tomar otro camino, ni distraerse de eso que debía ser interesante, adecuado y bien contado.

Siempre me he preciado de ser un escritor y narrador pasable, un buen aprendiz de actor y ese es el fruto de además de crear, re-crear para otros, sirviendo de puente entre la idea original y lo que será el resultado final. Es verdad que muchísimas veces me ayudé con story boards en los que alguno de los directores de arte interpretaban mis ideas transformándolas en dibujos, pero confieso que esa era su visión y yo siempre preferí que el cliente, ante quien presentaba, soñara libremente y vistiera mis palabras con su imaginación.

Me fue bien, practiqué, ensayé y aunque se rían, el espejo (no había grabadora de video) fue mi aliado.

Es que contar un comercial que es solo una idea, hacer que el cliente se entusiasme imaginándoselo, es un verdadero reto. Un agradable, gratificante reto.

 

En la foto: Toribio Alayza, Tato Gómez de la Torre, Manolo Echegaray.

Publicado en codigo.pe 27.10.2019.

¡DAME MI OSITO!


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Tarde de domingo, hay sol, mientras escribo escucho viejas melodías tocadas por la orquesta de Paul Mauriat y tengo abierta la ventana para que entre el aire; junto con él se cuelan las voces de niñas que juegan fuera, pero están fuera de mi vista.

 

Juegan y por el tono de las voces no tendrán más de 8 años: “¡Dame mi osito…!”, risas, silencio, risas. “¡Dame mi osito…!”, más risas y silencio. “Dame mi osito te digo…”.

 

Largo silencio y después: “¡Dame mi osito, mierda, hijueputa…!”. Hay sol, jugaban y de pronto algo se ha roto.

 

Es como si la infancia hubiera saltado en pedazos y cierro la ventana porque lo que van a seguir son llantos, seguramente forcejeos y tal vez más lisuras. El aire queda afuera, con los sonidos y yo escribo…

 

Hay sol, es tarde de domingo y todo está transcurriendo con “normalidad”; no tengo que preguntarme nada, porque imagino lo que la niña del “¡mierda, hijueputa…!” escuchará en su casa. Imagino que “así se defenderá” y que de pronto, más tarde, tendrá hijos a los que acunará cantando reguetón…

 

Ya sé, soy de otra época y seguramente por eso escucho las viejas melodías de la orquesta de Paul Mauriat, una tarde de domingo, con sol…

 

Imagen: mercadolibre.com.pe