HABLAR MUCHO Y NO DECIR NADA


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Es una “técnica de comunicación” que se usa mucho en política, por ejemplo, y a la que “cierta” publicidad no es ajena a pesar de que en esencia la brevedad del discurso publicitario, es proverbial y patente.

En la televisión, en la radio y en público, somos muchas veces testigos de cómo alguien, casi “discursea” sin parar de uno o varios temas, usando por lo general palabras que suenan rimbombantes, son “difíciles” y adoptando una aire docto y condescendiente. Algo así como “Yo sé de lo que hablo y tengo la autoridad para decirlo…”

Cuando caemos en la cuenta, no ha dicho nada valioso, muy coherente o que sea enteramente cierto. Usó medias verdades, citó nombres de quienes según su “saber” son famosos y coinciden con sus tesis y lo que hay es un vacío rodeado de palabras sin significación.

Como dije, alguna “publicidad” no es ajena a este fenómeno y me recuerda a los charlatanes de plaza que reúnen multitudes para ensalzar las virtudes del sebo de culebra o las de la cáscara de naranja hervida, como panaceas médicas.

Nos encontramos con discursos publicitarios de alambicada fabricación y llamativo aspecto que parecen decir mucho y en realidad no lo hacen, quedándonos en una nube, con la pregunta “¿Qué dijo?”, lógicamente sin respuesta porque no la tiene.

La CLARIDAD en la comunicación publicitaria es esencial para que esta funcione y cumpla su cometido. Los barroquismos lingüísticos y gráficos no solo hacen perder el tiempo del público que no entiende (porque en verdad no hay nada que entender), sino que causan grave daño a la marca, producto o servicio que en ése momento publicitan.

¡Que no nos vendan gato por liebre, porque tenemos derecho a SABER y la publicidad debe INFORMAR!

Publicado en codigo.pe 25.10.2019.