NO HABLA, PERO SE FIJA


buho0.jpg

un viejo chiste que cuenta la historia de dos amigos que comentan sobre el loro que cada uno posee y uno le dice al otro: “Mi loro habla muchísimo ¿y el tuyo?” y el otro le muestra su “loro” que es un búho: “No habla, pero se fija…”, responde.

Lo mismo pasa a veces en publicidad y el que la hace ni siquiera sabe lo que está haciendo, porque le llama “publicidad” a una especie de engendro que ni comunica, ni es atractivo y ni siquiera informa.

Es que “publicidad” se le llama a casi cualquier cosa que tenga que ver con la comunicación, ignorando que para que esta sea llamada publicidad tiene que cumplir ciertas reglas que empiezan porque debe llamar la atención, para luego atraer, informar y convencer.

Este es un tema sobre el que mucho se ha escrito, pero parece que se cree que es posible llamarle publicidad a cualquier esperpento y claro, la que paga el pato es la publicidad misma, porque cualquiera se siente con derecho a perpetrar algo y decir que lo que está haciendo es publicidad y de pronto, dice inclusive que si no entienden, es porque usa un “lenguaje especial”, cuando en realidad es como si le hablara chino a un campesino francés…

La publicidad tiene que ser ENTENDIDA porque de otra manera no sirve para nada… ¿Vieron ya cuánto no sirve para nada y dice que es “publicidad”…?

Publicado en codigo.pe 21.10.2019.

EL BARÓN DE MALAPATAENBURGO


EL BARON DE MALAPATAENBURGO.jpg

 Un comentario me trae a la memoria al “Barón de Malapataenburgo” personaje de mi infancia barranquina.

Su recuerdo, lo confieso, es borroso a pesar de que si trato consigo verlo entre la niebla de los años (han pasado más de sesenta): bajito, serio pero amable; con un bigotito a lo Adolfo Hitler y el pelo cortado “a cepillo”. Era profesor de inglés y apellidaba Telaya. Su nombre no lo supe nunca, pero me enteré por mi madre, que era arequipeño.

 

Era nuestro vecino, porque vivía muy cerca de “Villa Teresa”; en realidad únicamente había que bajar las escaleras que daban a la puerta de al lado en la calle y en el primer descanso estaba su departamento, donde vivía solo. Otra puerta daba al departamento de la familia Rivarola (que tenían lo que creo era un automóvil Standard-Vanguard, negro y pequeño que estacionaban fuera, en la calle Ayacucho). Tal vez había otro departamento allí, pero bajando el último tramo de escaleras se pasaba frente al de Anita Williams, costurera eximia y amiga de mi madre; el departamento de Anita se abría a una gran terraza de la que se veía el acantilado y por supuesto el mar.

En la terraza había una sombrilla rígida,  pintada de colores rojo y amarillo tal vez y sí, muy descolorida por el sol de innumerables veranos…

La terraza era un territorio donde soñar con aventuras que tenían al mar como escenario y a los barcos piratas como protagonistas, mientras a mi madre le probaban un vestido que había llevado para que “lo arreglaran”.

 

¡Personajes y años barranquinos que pasaron!… La memoria es un reloj cucú al que hay que darle cuerda, esperar que su mecanismo no se haya estropeado con el tiempo y nos sorprenda con el pajarito que sale para anunciar las horas; esas que ya no volverán.

 

Imagen: http://www.solostocks.com