Humor literario


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LA LETRA CHIQUITA


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Como profesional de la publicidad me disgustó siempre ”esconder” información, sobre todo si esta resulta relevante para el público…

Desgraciadamente, en el mundo en el que estamos casi todas las instrucciones y contratos tienen esa letra casi ilegible por lo pequeña, que suele esconder trampas, que de saberse inmediatamente harían pensar más antes de firmar y comprometerse, o repasar bien la lectura de esas instrucciones porque puede ser que revelen algo que resulte inconveniente para el uso o consumo.

Tal vez piensen que exagero, pero soy un convencido de que la comunicación publicitaria debe ser creativa y muchas veces “adornar”, pero de ningún modo puede ser engañosa o esconder algo que debería decir y saberse para tomar decisiones.

Y es que en mi vida profesional más de una vez me he encontrado con clientes que preferían “no decirlo todo” con respecto a su publicidad de productos o servicios; y aunque nadie espera que se hagan “contra-publicidad” a sí mismos, el público que deposita su buena fe al adquirirlos tiene derecho a saber que no hay “gato encerrado” y me parece que esconder algo que sea dudoso o dañino de algún modo, es inmoral y pienso que ilegal.

La publicidad, por su llegada masiva y el poder de convencimiento que tiene no puede darse el lujo de, con el público, hacer aquello de “ojos que no ven, corazón que no siente”, porque al escamotear algo importante o ponerlo en letras diminutas está mintiendo en el primer caso y buscando evadir la verdad en el segundo.

No me siento mejor que nadie, pero siempre he respetado y respeto mucho a esta profesión en la que empecé hace medio siglo.

Publicado en codigo.pe 16.10.2019.

ARGUMENTO


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Se ufanaba de averiguarlo todo, de conocer hasta los detalles mínimos de un asunto que le interesara; no se le escapaba nada, decía, porque tenía paciencia y “olfato” para ir en la dirección correcta.

 

Era de esos que no admiten réplica cuando creen que conocen el tema que se discute y por supuesto no caía simpático:  lo admitía con presunción porque decía que primero era el saber y después la simpatía, que no era “monedita de oro para gustarle a todo el mundo”.

 

Durante un cambio de opiniones sobre algo banal, él experto en banalidades, llevaba las de ganar porque sus argumentos eran irrebatibles, mientras su interlocutor, que se había quedado sin ninguno, sonreía. Él también lo hizo, triunfante, pensando que era la primera vez que ganaba y caía simpático; en una pestañeada, sin dejar de sonreír, el otro sacó del bolsillo el argumento definitivo y se lo clavó, zanjando la controversia y ganándole.

 

 

Imagen: inesliliana.blogspot.com