RESPETOS GUARDAN RESPETOS


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El lenguaje y las imágenes que usa la publicidad tienen que ser respetuosas porque la comunicación, si bien se dirige a una cantidad enorme de personas, en realidad le está hablando realmente a cada una de ellas, por separado y el trato debe ser respetuoso porque, en primer lugar, no se conoce a la persona a la que la publicidad se dirige y en segundo lugar, porque esa persona tiene todo el derecho de preguntar “¿Y este quién es, qué se cree si no lo conozco, para ser confianzudo conmigo…?”.

Muchas veces se equivoca el lenguaje y por tratar de hacerlo más coloquial se pierde la distancia respetuosa que ha de existir entre el comunicador y el público; una familiaridad mal entendida será fatal para que la publicidad haga llegar su mensaje y este sea bien recibido.

Hay que tener muchísimo cuidado cuando se “tutea” al público, porque a no ser que se trate de niños (a quienes se escucharía raro si se los tratase de “usted”), no existe una intimidad permisiva entre los dos puntos de la comunicación publicitaria.

Lo mismo sucede con el uso de frases o palabras que no corresponden al grupo ciudadano al que se está dirigiendo el mensaje, especialmente en el caso de la edad; es imprescindible no confundir lo coloquial con un mal uso del lenguaje, aunque en apariencia pueda ser muy “popular” y gracioso.

La publicidad ha sido, es y será comunicación ante todo y por más cercanía que exista entre productos, marcas o servicios y los consumidores no hay que perder de vista nunca eso que sirve de título a este artículo y es un refrán sabio.

 

Publicado en codigo.pe 15.10.2019

SUBIRSE AL CARRO


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Nunca tuvo opinión propia.

Siempre citaba lo que alguien había dicho y lo presentaba como resultado de sus meditaciones: tenía fama de sabio y en algún modo lo era porque sabía apropiarse de pensamientos ajenos haciendo creer a los demás que eran propios, digamos que era un “sabido”.  Incluso, cuando alguien le expresaba que tal opinión era la misma de X, alguien famoso, él sonreía manifestando que no lo sabía y que estaba contento de compartir esa opinión que era “igualita” a la suya.

 

“Compartir”, era el verbo que usaba para subirse al carro de las opiniones ajenas y acomodarse ufano: “Compartimos con W y con Z la opinión…”, decía casi pomposamente, usando el plural para darse importancia y asociarse a la fama.

 

Caminó por la vida opinando lo que opinaban otros y sin opinión propia; fue rico y miserable en cuestión de opiniones.

 

Imagen: http://www.wikihow.com