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¡Me parece fantásticamente magnífico!

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MUCHO MÁS QUE UN “SONSONETE”


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Hay quienes dicen que los jingles publicitarios no son otra cosa que un sonsonete facilón y que el único valor que tienen es machacar y machacar para que la música, repetitiva y la letra simple actúen en la memoria.

Me da la impresión que eso es, en primer lugar, desconocer que hay jingles muy elaborados cuya música y letras recordamos rápidamente, no por lo “repetipuá” del tema ni por la cantidad de veces que los escuchamos gracias a una “bien estudiada y artera pauta publicitaria” sino porque nos impactaron y se han ganado con creces nuestro recuerdo; diré más: cuando un jingle es bueno y recordable no solo nos hace evocar al producto y a situaciones de consumo que pudieron ser mostradas en algún comercial de la tele que lo albergaba como fondo sonoro, sino que desencadena asociaciones con momentos, personas, experiencias agradables, etc.

Quién diría que en nuestro cerebro-archivo se activan de inmediato las neuronas correspondientes a la memoria con unos compases musicales y algunas palabras rimadas; a quién se le ocurriría que esas “musiquitas”, como despectivamente llaman a los jingles para restarles importancia y valor, actúan como un “gatillo” para que “la máquina de recordar” se ponga en marcha y nos proporcione instantes que van mucho más lejos que el sólo recuerdo de un nombre, un sabor o un olor…

Me parece que debemos respeto a esas pequeñas piezas musicales, a esas letras que no podemos olvidar porque se instalaron en nuestra memoria y saber diferenciar lo que es un buen jingle, de esos acordes cosidos a la fuerza con letras que dan pena y que se hacen pasar por ellos.

La publicidad, que forma parte parte de nuestro día a día y a veces ofrece piezas que dan vergüenza, no es por ello “facilona” y deleznable, porque de ser algo banal no cumpliría su cometido y no se reconocería universalmente su eficacia.

Publicado en codigo.pe 7.10.2019.

SOLUCIÓN


SOLUCIÓN

Se llamaba Salomón y lavaba siempre las tazas cuidadosamente hasta que alguien le dijo: “¡Hey! ¿Has visto el fondo de la taza…?

Entonces tuvo que explicar que se quitaba los anteojos para lavar porque ya se le habían caído al lavadero y que no había visto bien esta vez.

 

La respuesta fue: “¡Qué asco! ¿Quién sabe cuántas veces habré llenado una taza de estas sin fijarme…?”

 

No volvió a lavar las tazas y desde entonces les servía el café, el té, las aguas aromáticas o la leche con cocoa como lo hacía siempre con el agua sola: en vasos descartables.

 

Imagen: http://www.heb.com.mx