LOS MÁRTIRES DEL HEMICIRCO DE LA PLAZA BOLÍVAR


LOS MÁRTIRES DE LA PLAZA BOLÍVAR

Se atrincheraron en el Hemicirco mientras los leones ejecutores trataban de ingresar para acabar con todo.

 

La orden de Olaechamos fue cerrar las puertas y escribió en un papelito: “NO PASARÁN” que empezó a correr de mano en mano por lugares extraños como la cafetería, los archivadores, el salón de los que perdieron el paso y terminó en un baño, donde alguien, antes de hacer desaparecer la evidencia, le dio uso, para que después el agua se lo llevara, deshaciéndolo.

 

 Maurice Muladar mostró los dientes y la cachiporra con la que defendería su estancia (no su chacra –corrijo- su estadía) en el refugio. Héctor  el Impresentable se protegió detrás de su escudo de mayólica y sonrió altanero, diciendo que extrañaba al general Don Aire, su decisión para con los chilenos y su embolsamiento post mortem (aunque no supiera que el plástico contamina y tal vez hubiera querido decir embalsamamiento); Rosita Tártara daba grititos mientras se balanceaba colgada de una lámpara y sus coleguitas hacían cola para ser cada uno un elefante balanceante más…

 

Los mártires de la plaza Bolívar – o “los que van a morir”- según declaraciones propias, atrancaron las puertas, arrimaron sillones, apilaron pesados escritorios, enrollaron alfombras y descolgaron cuadros,  cuando un vijía (la palabra es con “g” pero la ortografía no parece importar en el zoológico) miró por la ventana, anunció que afuera había un camión de mudanzas y los felicitó por la elección que habían hecho de ese tipo de adelanto en el mudarse.

 

Educada, la señora Temer el Embargo se paseaba con una canasta llena de granadillas que repartía para que pudieran defenderse hasta que le dijeron que eso era una fruta, no granadas chiquitas y ella (educadamente) retrucó: “La puta… ¡Me engañaron…! Bueno, pero son granadas chiquitas y algo dañarán” y siguió en repartija pero solo a los que eran naranjas (afinidad de fruta) y a los que no se metían con sus hijos.

 

Así las juerzas del mien, con George of the Castle de vocero, que agitando una banderita aludía histérico a la Historia y prometía cárceles y vacancias, se ocultaron detrás de las curules (es “las” y no “los” por si acaso, Del Asco Quién-Quién) pero no estaban preparadas para ver que los leones enemigos (aquellos que los harían mártires) eran tan solo un gabinete de baño con el espejo empañadito y un Pantaleón Pantoja de película; entonces se relajaron y aflojaron, confiados, los esfínteres con el tsunami consiguiente y el temblar de paredes que acompañó a la mugrejada.

 

Fueron los dioses griegos, los apus o la intercesión oportuna del santo patrón de los idiotas, lo que logró que los atrincherados y ocultos “asediados” se auto disolvieran merced a la orina que expelieron; eso sí, hubo que hacer harta limpieza y hasta dentro de muchos años no se podrán usar las instalaciones del cerrado zoológico, por temor al contagio y el olor a amoníaco y a baño de cantina que todavía flotan en el ambiente de la plaza Bolívar.

 

Imagen: pt.churchpop.com

Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.