SOPA


SOPA

“¡Ojalá que te mueras y te coman los gusanos!” gritó su madre cuando protestó porque la única comida del día era un plato de sopa tibia en la que perejil picado le ponía una concesión al color; “¡Estás castigado por flojo y por ladrón…!”.

 

A los ocho años era flojo porque no se levantaba a las seis de la mañana para traer agua en un balde de plástico y ladrón porque se le habían caído quién sabe dónde, los veinte centavos que faltaban en el vuelto de la compra; se tragó las lágrimas que se juntaron en su garganta con la sopa y sin decir nada llevó el plato y la cuchara hasta el balde donde los remojó, para después secarlos con un trapo.

 

No le dijeron nada cuando salió a la calle para no saber qué rumbo tomar o qué hacer: solamente quería irse lejos, no volver nunca y librarse de esa tristeza que mezclada con rabia le pesaba en el cuerpo.

 

Cruzaba el puente y se detuvo a mirar el agua que saltaba entre las piedras, y  se sentó despacio para sacarse las zapatillas, pensando: “No dirán que las mojé…”; en ese instante su madre encontraba los veinte centavos, que al barrer, la escoba empujó de la parte de abajo el aparador.

 

Imagen: http://www.diet-health.info

Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.