CASINO


CASINO

Se repetía todo el tiempo: “No debo ir al casino” porque le había dicho una amiga que los “mantras” surtían efecto pero mientras más lo repetía, la palabra “casino” ganaba y por la noche se refugiaba en la esperanza de las máquinas y la suerte.

 

El amanecer la encontraba jugando y cuando casi no había gente y las monedas no le alcanzaban para comprar las fichas que hacían funcionar a las máquinas, se quedaba mirando las luces de las que los trasnochadores aún mantenían activas.

 

Le daba miedo ir a su casa porque sabía que caminaría cuadras y cuadras para llegar, las calles estarían desiertas, sentiría frío y ni la chompa gruesa ni la bufanda de lana la calentarían lo suficiente; entonces pensaba en el abrigo que vendió al ropavejero junto con los tres pares de zapatos, las blusas de verano y los pantalones ligeros; la palabra “casino” era como un imán que la atraía.

 

Tenía cada vez menos por vender, le quedaban la sala, el comedor y su cama; comía poco felizmente y no salía sino para ir donde su “casera” del mercado cercano, que le fiaba las verduras que hervía en la hornilla eléctrica; le fiaba, porque eran –a veces- compañeras de casino y estaba segura que la mujer comprendía que era cuestión de esperar un poco a que las luces parpadearan, sonara la sirena y la máquina chorreara suerte…

 

Esa noche, al llegar a la puerta del casino había un hombre que la miró fijo y la siguió con la vista mientras ella iba  a  la ventanilla de la caja, saludaba con una sonrisa triunfadora, compraba fichas y se guardaba el vuelto para jugárselo al día siguiente; por supuesto, a las horas, perdió y también perdió lo del día siguiente.

 

Hizo su rutina de esperar y mirar, se encaminó a la puerta y vio que la mañana se anunciaba con las luces de la calle apagándose; caminó rápido y el hombre de la noche anterior se le acercó y le dijo de golpe: “No tenga miedo señorita, no le voy a hacer nada, sólo quiero preguntarle algo…”; lo miró temerosa y él le sonrió entregándole un sobre mientras decía: “¿Podría jugar  esta noche por mí…?”

 

Ella entonces supo que la estaban comprando, pero confiaba en su suerte, sentía como una premonición y devolvió la sonrisa, guiñando un ojo…

Él hizo lo mismo.

 

Imagen: apostamos.es

Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.