EL EXPRESO


EL EXPRESO 1

La cola para tomar el “Expreso”, ómnibus Mercedes Benz  azul con plateado, de la Empresa Municipal de Transportes, que nos llevaba desde el colegio, en el centro de Lima, hasta nuestras casas en Barranco, no es que fuera muy larga, era ordenada y se formaba en una callecita cuyo nombre no recuerdo, pero que si no me equivoco, desembocaba en la plaza San Martín y ahí nomás estaba el cine “Colón”.

 

Todos los días de lunes a viernes era obligado hacer la cola, después de la salida del mediodía del colegio, para ir a casa, almorzar y volver a clases por la tarde; el ómnibus se llamaba “Expreso Miraflores”, pero llegaba hasta Barranco que era el punto final del recorrido, desde donde regresaba a Lima. El viaje, en su mayor trayecto, discurría por la avenida Arequipa y había paraderos fijados donde –en algunos lugares- se ubicaba un “reloj-controlador”, en el que el cobrador, bajando del ómnibus, tenía que visar para control.

 

El “Expreso” tenía cobrador, el que recorría el bus reclamando el pago y viendo que todos tuvieran boleto, o se ubicaba cerca de una de las dos puertas, la que quedaba al medio y era doble, para efectuar el cobro respectivo.

 

Los ómnibus Mercedes Benz del “Expreso” tenían cambios eléctricos y se hacían con una palanquita pequeña que estaba en el árbol del timón que era grande y blanco, del mismo color que la manijita de plástico de la palanca: no había ruido alguno y solamente se notaba por los cambios de velocidad del vehículo; las puertas de entrada y salida (“la subida y la bajada”) eran operadas por el chofer y eran accionadas por un mecanismo neumático que emitía un “¡chisss!” característico.

 

Cuando uno iba a bajar, un par de cuadras antes del paradero, tiraba de un cordoncito que corría a los dos lados de la parte superior lateral del interior de la carrocería y hacía sonar una campana de aviso; los asientos eran “acolchados”, forrados en marroquín rojo, imitación cuero, que c el tiempo y el roce habían puesto brillante y más bien liso.

 

Recuerdo claramente que entre todos los cobradores que nosotros – usuarios habituales de la línea- conocíamos, había uno muy gordo, con el rostro rojizo y congestionado, era como LarryEL EXPRESO – uno de los Tres Chiflados– pero mucho más gordo, algo calvo, con el pelo un poco crecido, canoso, crespo, despeinado y llevaba en la cintura una bolsita de cuero donde tenía compartimentos para las diferentes denominaciones de moneda y el talonario de boletos; de una cuerdita pendía el aparatito para picar boletos e invalidarlos, haciéndoles un huequecito, lo que significaba que en efecto se había pagado; en realidad el perforador ese era un artilugio que llevaba el revisor, un personaje que podía subir en cualquier parte de la ruta a pedir los boletos que al ser mostrados, eran picados con el aparatito.

 

No me pregunten por qué el gordo cobrador lo tenía –tal vez esperaba “ascender” a revisor algún día- pero el asunto es que era parte de su indumentaria laboral (aunque no lo usara); mi amigo Lucho había venido observando que cada vez que el gordo bajaba para marcar un “reloj-controlador”, al subir de vuelta, golpeaba con una moneda el tubo pasamanos (¡cromado, el tubo!) y el ómnibus cerraba la puerta mientras arrancaba.

 

Pues bien, una vez, cuando el ómnibus estaba bastante lleno, sobreparó para que el cobrador bajara y apenas se acercó al “reloj-controlador”, Lucho golpeó tres veces con una moneda el tubo, el ómnibus cerró su puerta y arrancó; desde las ventanas veíamos al gordo correr gritando con una voz que no se no se oía porque las ventanas estaban cerradas a causa del frío, hasta que el bus lo dejó atrás, gesticulando y hasta ahora me lo imagino con el rostro híper congestionado y más colorado que nunca, furioso…

 

Por supuesto que nos reímos pero sin dar a conocer el motivo y lo único que recuerdo es que cuando nos volvió a tocar como cobrador, miraba insistente y desconfiado a ese grupo de muchachos de uniforme de colegio, con saco azul marino y pantalón gris que disimulaban conversando y echándole miradas furtivas…

 

Tengo también la anécdota de otro Lucho, uno que ya no está entre nosotros porque como suelo decir, cambió de barrio para ir al Barrio Eterno; en la cola del “Expreso” conversábamos esperando y Lucho se puso a enamorar “a la distancia a” una chica que estaba con dos amigas, las tres de uniforme escolar, un poco más allá, con frasecitas medio subidas de tono; de pronto escuchamos un “¡Lucho, qué te pasa…!” furioso: la chica, a la que él “enamoraba a distancia” era su hermana y a Lucho, al que se le habían roto los anteojos en el colegio, la miopía le jugaba una muy mala pasada… Dijo algo como para “barajarla”, lo fastidiamos mucho y tuvimos una anécdota más para el grupo: una de esas de los Luchos y una más de las que nos regalaba, casi a diario, el “Expreso” de Miraflores.

 

Imagen 1: cine Colón/ Wikipedia

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Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.