ANTIGUOS AGRAVIOS


ANTIGUOS AGRAVIOS

Le habían dicho de todo, lo insultaron, acusaron de ladrón y sin mediar justicia alguna, lo condenaron y se convirtió en un apestado que se tuvo que ir del país con su mujer y el hijo de ambos para buscar trabajo y empezar otra vez.

 

Se fueron donde no los conocían y él no podía ejercer su profesión; trabajó de limpiador de ventanas, mozo, vendedor de las artesanías pequeñas que pudo traer, hasta de guardia de noche estuvo en un supermercado, helándose y caminando para no dormirse.

 

Poco a poco, con los años y el sueldo de maestra de párvulos que ganaba su esposa mientras el niño crecía y pasaba de la guardería a un colegio estatal fueron saliendo a flote en un país extraño, con un idioma raro que aprender, comiendo lo justo, lo barato.

 

No tenía noticias de su país y si las encontraba por azar las ignoraba porque el solo nombre de su patria lo llenaba de odio y recordaba las mentiras y el acoso que solo cesaron cuando el avión aterrizó.

 

Habían pasado los años, largos y sanadores, en los que las preocupaciones nuevas ocuparon el lugar de los agravios viejos, pero había decidido no perdonar ni tampoco olvidar: prefirió esperar y volver solo, para matar a los causantes de su desgracia y si todo salía a su favor, regresaría a casa, a su mujer y al hijo que ya estaba en la universidad.

 

Volvió, buscó, indagó, planeó y solamente encontró a uno de los tres que buscaba; los otros dos habían muerto ya y el tercero supo sólo al final que le estaban cobrando, porque él se lo dijo antes de obligarlo a tomar el matarratas que llevaba, mezclado con gaseosa, en un tomatodo color verde esperanza.

 

Imagen: geo.aumentaty.com