LA AYUDITA


LA AYUDITA

Vivía desesperado por el ruido y la música a todo volumen que salía de la discoteca que estaba pared por medio con su casa; las noches eran verdaderamente infernales, no lograba conciliar el sueño y no había valido de nada que se quejase al serenazgo en la municipalidad ni sus denuncias en la comisaría; por supuesto durante el día tocar el timbre de la discoteca para protestar, no tenía ninguna respuesta porque no había nadie y por la noche, los vigilantes malencarados del local no lo dejaban pasar primero y luego simplemente lo ahuyentaban.

 

A sus 75 años nadie le hacía caso porque no inspiraba temor, no tenía un arma, sólo lo veían como un viejo quejón y debilucho; finalmente acordó con un primo lejano el irse a pasar unas noches a su casa, en un barrio lejano; contó su odisea y quedó con el primo, que era casi de su edad y vivía solo, en hacer la prueba para ver si dormía normalmente y no durante el día, como hasta ahora y se fue con un maletincito donde llevaba algo de ropa, una maquinita de tres hojas para afeitarse, toalla y jabón; escobilla y crema dental no necesitaba porque sus dientes fueron desapareciendo y nunca tuvo plata para mandarse hacer una dentadura postiza.

 

La primera noche conversaron largo con el primo, intercambiaron cuitas y contaron achaques; cuando se fue a dormir “en el sillón nomás me acomodo, primo”, le costó conciliar el sueño pero al final este lo venció…

 

El “par de días” se hizo una semana y decidió ir a ver qué pasaba por su casa; el micro dio mil vueltas para llegar a tres cuadras de su calle, caminó hasta donde había vivido una semana antes y lógicamente la discoteca estaba cerrada; entró a su casa, miró, pero parecía que todo estaba tal cual lo dejara, solamente que habían metido un papel debajo de la puerta que decía, con letras recortadas de avisos y pegadas: “VIEJO, SI SIGUES FREGANDO, TE VAMOS A MATAR.”, no había firma pero él ya sabía…

 

Se quedó en blanco: ahora tendría que ver si se mudaba del todo con su primo, qué hacer con la casa…, pensar: prefirió salir dar una vuelta para que el aire lo despejara y así aclarar sus ideas; caminó hasta el restaurancito que estaba al final de la calle al que iba siempre; entró para tomarse un café y pensar.

 

El dueño que era mozo, cajero y vigilaba la cocina donde una chica preparaba las cosas, le preguntó si había estado de viaje y él le contestó que sí; “entonces se lo perdió…” dijo el hombre casi en confidencia; “¿me perdí qué?, respondió, entre curioso y fastidiado porque hubiera preferido estar a solas con su café… “¡El incendio!, se incendió la discoteca y la han cerrado porque parece que nada se salvó. Salió en la tele y en el periódico… ¿no supo…?

 

En su asombro iba a decir algo, pero el otro no lo dejó: “¿Su casa no está al costado…? ¿Ya vio si pasó algo…?”; él movió la cabeza y sonrió: “de allí vengo, todo está correcto, normal nomás…”

 

Entonces recordó que, desesperado, había ido a la iglesia a rezar y prendió una velita misionera para reforzar su pedido, a ver si en el cielo lo escuchaban… Sonrió más y pidió el café; mientras llegaba, se imaginó a Dios soplando la velita para hacer que el fuego se alargara y consumiera a su tormento.

 

Imagen:unareconstruccion.blogspot.com

 

 

Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.