LA GLOBALIZACIÓN JA JA


LA GLOBALIZACIÓN JA JA

Era como un sueño el sentirse vivir en un mundo globalizado que le proveía de zapatillas chinas, camisas indias, pasta de dientes colombiana, pop corn norteamericano para preparar en el microondas japonés, agua de colonia y calzoncillos peruanos, música pop coreana (de la del Sur, por si acaso); echarle salsa picante mexicana al pollo frito que vendía una franquicia del Kentucky, ver telenovelas turcas en un televisor que tenía componentes chinos, coreanos, malasios y quién sabe de qué otros países, comprado con dólares ahorrados en una tienda que llevaba el nombre de una familia de apellido japonés que venía de Ayacucho…

 

Todo respiraba globalización y se pensaba ciudadano del mundo cuando wasapeaba con su amigo Gustavo que estaba en Honduras, gracias a la línea telefónica que una compañía vietnamita (había probado con la chilena, la mexicana y la española antes) hacía llegar a su celular que tenía marca en inglés y seguro era chino; maravilloso ser tan cosmopolita aunque envidiara a los que, como su vecino “el Negro” Roberto, fueron al mundial de fútbol en Rusia y a Tato, que se enamoraba por Internet con una chica de Suecia, que no hablaba ni michi de castellano..

 

Lo malo es que la globalización se iba a la mierda apenas subía al micro hecho en Comas, donde los huaynos mantenían despiertos a los pasajeros, el cobrador gritaba: “Al fondo hay sitio… ¡Entra, entra…! ¡Pasaje, pasaje…!”, mientras sorteaban el tráfico antes de llegar al último paradero desde donde tenía que patonear ocho cuadras y voltear a la izquierda para llegar a su casa hecha con pedazos de paneles publicitarios entre los cuales se adivinaba el nombre de un champú francés.

 

Imagen: kerchak.com