Quéjese y no haga nada


(CASI) LITERAL

Javier Payeras_ Perfil Casi literal_Quéjese con cada persona que encuentre. Quéjese con su familia cercana. Quéjese con sus parientes lejanos. Quéjese con el vecino. Quéjese con su jefe. Quéjese con su empleado. Quéjese en los periódicos y en los noticieros de la noche o en los programas de la mañana. Quéjese con el doctor, con el abogado, con el señor que vende shucos en la Zona 4 de la ciudad de Guatemala. Quéjese con el señor de la abarrotería «La divina providencia». Quéjese con su pastor o con el padre. Quéjese con el guardián del condominio. Quéjese con la vendedora de mangos verdes. Quéjese con la locutora de radio. Quéjese con el señor con tres dientes de oro. Quéjese con la dependienta de la panadería. Quéjese con la anciana que va junto a usted en la camioneta. Quéjese con los que están filmando una película cerca de su casa. Quéjese con el poeta. Quéjese…

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MEMORIA


MEMORIA

Memoria era su compañera de vida: de toda la vida.

Desde que la tuvo, cuando pequeño, la familia y los conocidos se asombraban de su capacidad para recordar; eran los tiempos felices de no fallar cuando lo mandaban a la bodega para traer detergente,  una bolsa de café “para pasar”, un paquete de sal, fósforos más una botella de aceite de cocina y él, como no sabía escribir, confiando en acordarse para pedirlo todo, lo traía en dos viajes si es que no podía con el peso de una sola vez.

 

No fallaba  recordando cumpleaños y cuando ya estuvo en el colegio, lo concreto como fechas, nombres de héroes, batallas y lugares no eran problema porque siempre decía lo correcto sin que se equivocara ni una sola vez; no pasó mucho tiempo y su habilidad recordatoria le ganó el apodo de “elefante”, no porque fuera grande –era más bien bajito y flaco- sino por la memoria proverbial del paquidermo y sus compañeros de clase, en secreto, aprovecharon de su facultad, pidiéndole que les “soplara” en los exámenes; llegaron a desarrollar una técnica consistente en que un compañero tenía oculto el libro del curso y formulada la pregunta, él recordaba y le pasaba un papelito donde apuntaba el número de  página en que creía estaba la respuesta: la solución, que era acertada casi siempre, iba corriendo poco a poco y así las fechas, los nombres de batallas, de lugares y todas esas cosas que siempre se pierden en la cabeza del que prefiere el fútbol a estudiar, llegaban como unos salvavidas que enviaba “elefante”.

 

Claro que se olvidaba pronto de lo visto, porque – lo que una vez dijo el profesor, tratando de explicar cuando alguien preguntó “para saber”- eso era una “memoria fotográfica”, que surgía instantánea pero de una duración corta y fugaz: no importaba, “elefante” era un héroe secreto en la clase de cuarto de primaria.

 

Memoria continuó acompañándolo, asombrando y ganándole respeto mientras pasó por la universidad, se hizo profesional y envejeció sin pensar en casarse, porque no: porque él y Memoria eran fieles, el uno para el otro; sucedió que un día se olvidó dónde estaban sus llaves y una tarde no encontró sus anteojos…

 

Con los días los pequeños olvidos, resultaban incómodos, creciendo en tamaño, en frecuencia y en peligrosidad: la cafetera que quedaba encendida, el recibo de la electricidad sin pagarse, el nombre –lo tenía “en la punta de la lengua- de las pastillas que tomaba para su corazón…

Una noche, antes de acostarse, movió la perilla de la cocina y que saliera el gas, encenderla y hervir agua para cuando se enfriara pasarla a la jarra y poderla tomar; el olor como si fuera ajo le hizo pensar que cocinaban algo en la casa cercana y después de lavarse los dientes, se metió en la cama, leyó un poco y ni sintió la explosión que alarmó al vecindario cuando accionó el interruptor de la lamparita de su mesa de noche.

 

Imagen: http://www.revistaplaneta.com.br