CHAPITA


CHAPITA

Una de las tres mesas del pequeño restaurante estaba desnivelada: “la mesa coja” le decían y siempre que un cliente se quejaba, ponían una chapa de cerveza debajo de la pata a la que le faltaba un poquito para llegar al suelo y listo.

 

La chapa cervecera era el complemento obligado y siempre, al lado de la caja donde se guardaba la plata, debajo del mostrador que separaba la cocina del “salón” había alguna salvadora chapa cervecera porque las usadas desaparecían como por encanto, tal vez pateadas por algún cliente o barridas al descuido en el acceso de limpieza post almuerzo porque –hay que especificarlo- “La Pintada” solo servía almuerzos: un menú que constaba de primero, segundo y fruta, más el vaso de chicha; el café ralo de sobremesa costaba un sol más.

 

A él que había venido un par de veces, comentó que era carpintero y había puesto su taller a media cuadra, le dijeron que si podía arreglar la mesa y hacer que no cojeara, mostrándole la chapa que nivelaba: “Las chapitas se pierden y hay que ponerlas siempre ¿qué se podrá hacer?”, dijeron; él movió un poco la mesa y esta se bamboleó.

 

“Vengo más tarde y la arreglo”, dijo y volvió cuando ya no había clientes porque eran las cinco trayendo un martillo; sacó de su bolsillo un clavito y cuando le preguntaron qué iba a hacer respondió: “voy a clavar la chapa para que no se salga”.

 

 

Imagen: allinstante.com

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