SALVADO POR EL PERIÓDICO


SALVADO POR EL PERIÓDICO

Viejo, sin muchas necesidades y nada que hacer, era su manera, su forma, su modo de “trabajar”; casi siempre resultaba y aunque no ganaba mucho, se divertía y había aprendido bastante de la gente: prácticamente todos eran iguales y aunque sus reacciones diferían, al final la acción era la misma.

 

Dejaba caer un billete de 100 soles, un “azulito” como él lo llamaba, nuevo, cuidadosamente doblado,  en un sitio que pudiera dominar con la vista desde su atalaya que era un banco del parque, donde se sentaba a fingir que leía el periódico.

 

Unos descubrían en el suelo el billete doblado, le ponían un pie encima y después de mirar a todas partes se agachaban para hacerse los que se ataban el cordón del zapato y ¡zas!: Recogían el “azulito”, lo guardaban rápido en un bolsillo para irse disimulando en  busca de una calle lateral.

 

Otros, al ver el billete se agachaban para recogerlo y guardárselo sin ningún reparo y los menos le preguntaban si se le había caído “esto”, mostrándole el billete; si su respuesta era afirmativa venían a devolvérselo y él agradecía sonriente y avergonzado pedía disculpas por ser tan distraído y a veces agregaba, para hacer sentir bien al fulano o a la fulana, que era su “única platita”.

 

A veces decía que “no” meneando la cabeza y volviendo, en apariencia a leer, pero atento para ver como el “afortunado” se iba sin más con el billete.

 

Los que se lo llevaban no imaginaban que era falso aunque tan bien impreso que parecía real, incluso al tacto; era su manera, su forma, su modo de poner a circular el dinero “bamba” que le vendía un su compadre y que además le permitía comprar cositas y tener algún vuelto para comer  y para comprar lo que era su vicio: el periódico.

 

Un día, precisamente leyendo las noticias, se enteró la razón por la que no veía a su compadre hacía días: lo habían detenido por falsificador y hacían notar la perfección de los billetes; se asustó y decidió “borrarse”: en su cuarto metió el fajo de billetes de cien nuevecitos en un maletín gastado por el uso, puso dos camisetas, medias, una toalla, dos calzoncillos una camisa y chompa encima, cuidando que taparan bien la “carga”.

 

Fue al centro y compró pasaje en un ómnibus interprovincial con parte de los billetes buenos que había guardado de los “vueltos”; tiempo después aparecieron billetes de cien soles falsificados en Chulucanas, en Mórrope y hasta bien lejos, por Satipo; él viajaba, se sentía turista y de vez en cuando dejaba un billete “azulito” cuidadosamente doblado, caído en un parque o en una plaza, para comprobar desde un banco, haciéndose el que leía el periódico, que todos eran iguales en Lima, Chulucanas, Mórrope o Satipo.

 

Imagen: ensondeluz.com

 

 

 

 

DE RECUERDOS Y NOMBRES


DE RECUERDOS Y NOMBRES

Él, Gerardo, era nacido en China y ella en España pero vivían en Argentina donde se conocieron; cuando iban a tener un hijo, él opinó que de ser mujer, se llamaría Celeste y ella mirándose la abultada barriga pensó que sería hombre y que llevaría el nombre de su padre: Arquímedes.

 

Nació mujer y la llamaron Celeste como él quería; ella insistió en que la niña llevara además un nombre bien español y dijo: “Imperio”.

 

Celeste Imperio era china, pero además española y por si acaso, llevaba el nombre de la actriz y cantante Imperio Argentina (que en realidad se llamó Magdalena) cuyo “apellido” era el nombre del país en el que vivían.

 

Gerardo se decía que las había ganado todas, porque “Celeste Imperio” había sido el nombre que daban antiguamente a la China, pero ella, que se llamaba Angustias, callaba y sonreía porque le quería mucho.

 

Imagen: paternidad.practicopedia.lainformacion.com

FIEBRE


FIEBRE

Estaba dispuesto a probar cualquier método que le impidiera dar el examen de matemáticas y recordó que había leído que ponerse cáscara de plátano debajo de la axila producía fiebre, así que decidió ponerse una debajo de cada axila, acostarse y a la mañana siguiente estaría afiebrado: no lo enviarían al colegio.

 

Esa noche hizo lo que pensaba y al tiempo se sintió caliente, pero no se quitó las cáscaras para finalmente quedarse dormido; su madre lo despertó diciéndole: “¿Estás loco…?  ¡Qué olor! ¡Comiste plátanos en la cama, botaste una cáscara al suelo y hay otra a tu lado…! ¡Levántate que se hace tarde para que vayas al colegio…!”

 

Llegó remolón hasta su aula, tuvo que dar el examen oral, lo jalaron y encima le dejaron cien operaciones para que las entregara resueltas en la siguiente clase, en su cuaderno cuadriculado; recién entonces recordó que también la tiza en la boca producía fiebre y náuseas: se robó tres tizas nuevas que había en la pizarra… ¡Todo menos las matemáticas!

Imagen: medicionseccion13-12.blogspot.com