RUEDAS


RUEDAS

La rueda, ese invento del hombre que hizo posible el transportar y transportarse más rápidamente y sin tener que arrastrar o caminar, ha puntuado mi historia: de niño tuve patinete, triciclo, patines, bicicleta y después automóviles; nunca motocicleta.

 

Ruedas que me llevaron primero por la terraza de la casa de la calle Ayacucho, después por el Parque Municipal de Barranco y luego más lejos, por el malecón y las calles del mismo distrito.

 

Claro que primero fue el patinete, que recuerdo de madera, pintado de azul con rojo y que circunscribía su acción a la terraza, los triciclos fueron dos, uno de madera pintado con los mismas colores del patinete y otro que vino posteriormente (un par de años “más viejo”) de metal tubular, azul oscuro con blanco y lo más parecido a una bicicleta, esa “Hércules” azul, pequeña,  que me enseñó a montar mi amigo Eduardo.

 

Después crecí y las bicicletas que mis padres me compraron, que si mal no recuerdo fueron dos, siempre “Hércules”, una azul y la última negra, también crecieron…

 

El asunto es que los patines “Winchester” nunca pudieron con mi poca habilidad para mantener el equilibrio y el piso de losetas de la terraza fue testigo y receptor de mis innumerables caídas, que me hicieron abandonarlos: nula habilidad equilibrista, inestabilidad e impericia triunfaron en una época en la cual patinar era lo más normal y se inauguraba una pista de patinaje en el Parque Salazar de Miraflores (mucho antes que volviese la “moda” con los nuevos patines de botín, con las ruedas en línea y “tecnología de avanzada”).

 

Las bicicletas marcaron una adolescencia primera con la libertad de salir de casa, explorar y llegar “lejísimos” hasta una playa del sur, con los amigos de siempre, yendo en fila india por la carretera para llegar a destino, bañarnos, fotografiar, en blanco y negro por supuesto, nuestra “excursión” con la Kodak Brownie de plástico metalizado, bañarnos en un mar bravo (creo que era la playa “Conchán”) y volver para llegar cansadísimos pero con la sonrisa de los aventureros triunfadores.

 

Ahora al viejo patinete le llaman “scooter”, término gringamente elegante, es de metal y hasta en algunos casos lleva motor; sin embargo yo siempre preferí “movilizarme” sentado, sostenido por tres ruedas o dos y finalmente cuatro: ni el viejo patinete de madera ni los patines, por más “Winchester” que fueran, me llegaron a gustar, a pesar de entusiasmos iniciales.

 

Después, las cuatro ruedas de los automóviles que fueron desde las de un MG inglés, descapotable de color rojo  (y dos carburadores “de botella”) hasta las de un Hyundai Scoupe (supongo que la abreviatura comercial y automovilística de sport coupe) curiosamente (¿será una fijación?) también rojo, pasando por las de otro MG, un Toyota, un Peugeot, un Dodge y un “Ford Mustang”, para variar de color rojo me llevaron a todas partes, fielmente, hasta que hace más o menos diez años dejé de manejar…

 

Tal vez termine mi vida en una silla de ruedas, pero quisiera que tenga dos ruedas grandes y dos chiquitas: cuatro.

 

 

Imagen: ortopediacanina.com