EL NUDO DE LA VIDA


EL NUDO DE LA VIDA

 Desde que le contaron que su ombligo había sido el agujerito que lo unía a mamá mientras estaba en su barriga, le tuvo tema; se miraba, levantándose la camiseta, en el espejo del ropero que había en el cuarto de sus padres y al acostarse y levantarse miraba si seguía ahí, en su sito, igual que siempre.

 

Su ombligo era evidentemente el centro de sus preocupaciones y temía que en algún momento se deshiciera el nudo que le habían hecho y por el agujero, abierto se le vaciara el contenido y se muriera; de nada valieron las explicaciones de imposibilidad de tal percance y el no saber de ninguna ocurrencia de tal tipo le asustaba aún más porque de ninguna manera quería ser el pionero.

 

A quien confiaba su temor  se reía  creyéndolo una broma o abría los ojos como platos y entonces él pensaba que su descubrimiento, compartido, podría en algún caso ser real.

 

Creció y con él creció su miedo lo que le llevó a usar una faja con una incómoda plancha metálica que le sirviera de protección contra probables accidentes ombliguísticos; extremaba los cuidados hasta el punto de colocar un esparadrapo impermeable encima, para que no se mojara al ducharse y lo limpiaba con nervioso cuidado con algo de aceite mineral para bebés y una torunda de algodón.

 

La mañana de un viernes caluroso salía del centro comercial, cargado con dos bolsas de compras y una mujer corrió poniéndose detrás de él, desconcertándolo con el hecho y los ruegos de “¡Protéjame, señor!”; en pos de ella, un hombre que tenía en la mano una pistola gritaba “¡Te mataré, maldita…!”.

 

La mujer lo estaba usando como escudo y  aterrado, soltó las bolsas en el momento en que un disparo le daba en el vientre a él, que no entendía nada y que no se había puesto la faja ese día porque hacía calor.

 

Imagen: reflexionesumbilicales.blogspot.com

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