MORSE


MORSE

No estaba seguro, pero creía haber oído algo como una especie de “tac-tac”: despertó del todo y el ruido volvió, pero esta vez era un “tac-tac”, silencio, “tac-tac-tac-tac”, silencio, “tac”, silencio, “tac-tac-tac-tac”…; primero pensó en ratones y lo desechó porque el sonido estaba curiosamente espaciado, como si fuera código Morse…

 

Esperó un rato, no escuchó nada, salvo un perro ladrando a lo lejos y volvió a dormirse pero en la mañana se puso a investigar, pero en los únicos lugares que podían sonar a hueco en su cuarto eran la mesa de noche y el clóset que tenía tres cajones llenos de ropa: lo revisó todo en busca de caca de ratones, pedacitos de papel aparentemente comido u otro rastro de los posibles roedores pero no halló nada que pudiese delatar su presencia; se olvidó del asunto, hasta que una noche, mientras leía antes de dormirse, el ruido volvió: otra vez era el “tactac” que con pausas se repetía como si lo agruparan; dejó el libro y escuchó atentamente a los pequeños sonidos y su curiosa intermitencia que un rato después calló y no volvió a sonar en toda la noche.

Por la tarde del día siguiente una tía vino de visita trayéndole un cake de pasas; era lo única hermana de la que fue su madre y lo había engreído desde era chico, venía siempre a verlo y se preocupaba porque estuviera bien; Doña Rosa, la tía, era una mujer sesentona de misa diaria y vestida de oscuro, risa fácil y santiguarse mucho.

 

Él, conversando, le contó del ruidito y de su búsqueda infructuosa; la tía lo miró diciendo: “¿No serán los espíritus…?”; él rio de lo que creyó broma pero ella, muy seria le dijo que conocía a un padre que espantaba demonios, espíritus y otras apariciones: le hablaría y sería bueno hacer lo que dijera…

 

A los tres días y sin haber escuchado nuevamente el ruido, la tía Rosa regresó con la noticia de que el padre Juan se había interesado y le pedía permiso para venir, rezar una oración, echar agua bendita y ahuyentar lo sobrenatural maligno que hubiera por allí; a pesar de sus protestas negativas pudo más la decisión de tía y por no desairarla quedaron en que el sábado, por la tarde, vendrían ella con el padre para hacer los rezos y bendecir el sitio.

 

El sábado un poco antes de que oscureciera, llegaron Doña Rosa, la tía y el padre Juan que era un cura gordito y reilón, que aceptó tomar lonche para luego “Ponerme a trabajar” dijo; hubo té y otra vez el cake de pasas que la tía había traído consigo de regalo: “Lo quiero como a un hijo, ¿sabe padre? Es mi único sobrino y yo su única tía…

 

El “trabajo” consistió en echar agua bendita que el sacerdote traía en un pomo-spray plástico y rezar en latín algo que estaba escrito en un libro delgadito y con la tapa negra; después se despidieron porque, dijo la tía, tenían que ir la parroquia a rezar el rosario.

 

Esa noche no sintió ruido alguno ni la otra o la otra y cuando ya era viernes, temprano, encontró sobre la mesa de noche un papel, escrito con letra cuidadosa: “Lo mataste; vinimos al oír su mensaje y lo encontramos muerto con quemaduras de agua.

Nos lo llevamos, pero regresaremos porque esto no va a quedar así.”; desde la ventana, el gnomo más anciano espiaba, mientras abajo, otros dos estaban esperando al lado de una camilla improvisada, que era en realidad una hoja larga, donde un trozo de periódico cubría algo.

 

 

Imagen: funtranslations.com