SERAFÍN


 

SERAFÍN

Como ángel era un desastre, pero se decía siempre que todo se aprende y que los errores son la mejor escuela; lo habían enviado a cumplir las tareas más insólitas, como hacer de fantasma para alegrar a una viejita que extrañaba a su marido muerto o cuidar para que un chico hiperactivo no se golpeara mucho; sus fracasos ya habían sido puestos como ejemplos de lo que no se debe hacer en el manual que todo ángel llevaba consigo y revisaba: este se actualizaba a cada instante y los mensajes de texto continuos obligaban a mantener el receptor que tenían puesto en la correa (los que la usaban, porque los otros se las tenían que ingeniar para acomodarlo,) en modo vibrador, porque las campanitas de alerta, a la hora de reunirse, armaban un verdadero zafarrancho con los coros celestiales y el barullo era tal que había quejas serias que venían de la nube principal…

 

Serafín, que así se llamaba el desastroso espíritu, no llegaba a comprender bien las cosas que le encomendaban y decía que era por ser disléxico que eso le ocurría; le gustaba la palabra, la empleaba cada vez que podía aunque nunca se molestó en averiguar su significado.

 

El ángel desastroso y “disléxico” no parecía acertar una y cada vez eran menos las comisiones que le daban: no confiaban en él, pensaba y se afligía porque las legiones de compañeros que con él recibieron sus alas, lo ninguneaban y nadie quería arrimársele y tenerlo por pareja para ningún trabajo (porque los ángeles andan en parejas, salvo Serafín, que siempre actuaba solo); molesto, cansado y aburrido de dislexias, soledades y metidas de pata, decidió un día desobedecer y callado, se subió en una nube gris que bajaba y bajó hasta el sótano, para tocar la puerta negra que le habían descrito y dicho que estaba prohibidísimo siquiera el ir a verla: tocó setenta veces siete y aunque el trámite de las tocadas fue largo, no se equivocó esta vez y la puerta se abrió, dejando escapar un calorcito agradable, junto con un murciélago avispado que aprovechó la ocasión para mirar el ¿mundo?; Serafín, cauteloso entró y una voz de profundísimo bajo pidió que cerraran la puerta, porque había corriente.

 

Serafín se iba a presentar de voluntario y en el escritorio del recepcionista un ujier todo de rojo y negro (¡elegantísimo!) le preguntó qué mierda quería, con ese disfraz de santurrón: “Vengo porque me enteré por el chat que necesitan voluntarios y…”  “¿Y?”, le preguntó el elegantísimo, “¡Yo mismo soy!” dijo asertivo Serafín; hubo un silencio que tenía como fondo un tenue crepitar (“es que la chimenea está cerca y prendida” pensó el aspirante a voluntario) y de pronto una carcajada malévola hizo pedazos el silencio y ocultó el sonido crepitante y a esa siguió otra y otra y otra más: nubecitas de vapor se formaban en las mejillas del portero que se sacudía; finalmente desaparecieron las nubecitas y abrió los ojos lentamente para fijar sus pupilas amarillas en el desconcertado ángel: “Te llaman Serafín ¿no es cierto…?” preguntó el de la voz cavernosa y Serafín asintió preguntándose cómo era que sabía su nombre, si nunca lo había visto y el ujier le respondió sin darle tiempo a formular la pregunta: “¿Crees que solo tu patrón lo sabe todo…? Aquí Internet es rapidísimo y en mi pantalla lo veo todo… ¡y más!” dijo, señalándole la pared que mostraba multitud de imágenes clarísimas en puro HD; tomó una cajita y apretó un botón: en la pantalla se abrió una ventana a la izquierda donde se veía a Serafín disfrazado de fantasma y una mujer anciana que se asustaba, lo que hacía que él, presuroso, echara a un lado la sábana y se mostrara en camiseta y blue jean, tratando de tranquilizar al ujier cuya cara cambiaba de susto a risa.

 

Se cerró la ventana y el diablo-ujier comentó: “¿Viste? Eras tú y una de tus tareas que, por supuesto, fue un fiasco…; ¡nada haces bien…!”; “Es que soy disléxico”, musitó Serafín, el diablo tecleó y en la pantalla apareció de inmediato:

 

 “Es un trastorno del aprendizaje de la lectoescritura, de carácter persistente y específico, que se da en niños que no presentan ningún hándicap físico, psíquico ni sociocultural y cuyo origen parece derivar de una alteración del neurodesarrollo.

 

Serafín dijo confundido: “No sé leer…”  y de pronto apareció un señor con barba que terció: “Yo le enseño, mi método es infalible…”. El ujier se levantó entre furioso y espantado e increpó: ¿Cómo entró aquí, qué hace metiendo sus barbas donde nunca lo van a llamar…?; San Pedro, paciencioso, se alisó la túnica de tela tejida con amianto que dejaba ver las botas de bombero y sonriendo se dirigió a la puerta diciendo: “Aprendí a estar en todas partes y de casualidad escuché a Serafín”; este, desconcertado, no sabía si seguir al señor por la puerta que se abría para dejar entrar volando al murciélago explorador…, cuando una voz cavernosa, que venía de las inmensidades, gritó: “¡La puertaaaaaaa…!  ¡Ciérrenla que hay corriente….!, se escuchó un estornudo fenomenal seguido de una ruidosa sonada de nariz; “¡Vamos!”, dijo San Pedro, el de la barba blanca, al aturdido ángel-que-quería ser voluntario-del-infierno: “Arriba, aunque no tenemos aire acondicionado, tampoco hay calefacción, ni chimeneas: ¡Uno no se resfría!”

 

Serafín no lo pensó dos veces y siguió al viejo pescador hasta la nube de subida, pensando que en efecto, arriba había un mejor clima.

 

 

 

Imagen: http://www.onepiece-definitiverol.com