NUNCA, MI GUARDIA


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Dijo “nunca, mi guardia” al policía que lo detuvo con un aplomo y seguridad que cualquiera, al oírlo, creería que era víctima de una calumnia; no importaba que lo hubiesen cogido con las manos en la masa, él negaba vehementemente y nada parecía poder hacer que admitiera lo que era evidente.

 

Se había acostumbrado tanto a usar esta fórmula exculpatoria que cuando tuvo que comparecer ante el juez y escuchar  los cargos que contra él había, su primera intención fue responder como siempre, pero se dio cuenta que no había tenido ningún efecto antes, pues de otra manera no hubiera llegado hasta allí y se quedó callado.

 

Lo condenaron a tres años de prisión y ya en el patio del penal les contaba a otros internos que no sabía por qué estaba preso, porque él no había hecho nada, pero que era respetuoso y a un juez no podía decirle guardia e intimidado,  calló.

 

 

 

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