DESIERTO


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 Caminó sobre la arena, hundiéndose cada vez que trabajosamente subía una duna; pronto el sol estaría en lo alto y él perdido porque no había nada más que esa especie de mar inmenso, que llegaba hasta donde sus doloridos ojos podían alcanzar con la mirada.

 

Bajó la pendiente a trompicones, con la arena que cedía haciendo casi imposible un avance racional; sudaba, pero intuía que si se quitaba la camisa el sol lo mataría más rápido.

 

Finalmente cayó de rodillas con la arena caliente rodeándolo y con el sol arriba, como un agujero de luz: la sed lo atenazaba y su boca tenía los labios cuarteados, con la lengua pegada al paladar…

 

Fue entonces que despertó y tanteando el vaso de agua sobre la mesa que estaba al lado de su cama, bebió un largo trago, maldiciendo al verano que le provocaba pesadillas, cuando no insomnio, por las noches.

 

 

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