LAS DIEZ Y DIEZ


LAS 10.10

Su reloj marcaba las 10.10 y todo parecía detenido; no se escuchaba ruido y en la calle había automóviles y camiones, pero estaban sin moverse.

 

La gente en las veredas parecía congelada en actitud de caminar como en una fotografía; se dio cuenta que era el único que, mirando a todas partes, resultaba ser una figura animada en un extraño cuadro.

 

Vio que hasta un perro en actitud de ladrar estaba inmóvil tras la reja de una casa; volvió a mirar su reloj pero seguía en la misma hora y el segundero no avanzaba.

 

Miró dentro de un auto, por la ventanilla y el conductor estaba con una mano sobre el volante, en actitud de manejar: parecía una figura de cera de las que exhibe el museo de Madame Tussaud; el silencio era total y a él le pareció tan raro que ni sus pasos sonaran, que aplaudió y no escuchó absolutamente nada.

 

Volvió a aplaudir, carraspeó aclarándose la garganta y nada, ni un solo ruido había; de pronto un zumbido empezó, primero bajo y fue subiendo en intensidad hasta hacerse atronador; desesperado y buscando con la vista el origen, miró al cielo y allí había una esfera irisada que parecía latir.

 

Alcanzó a taparse los oídos y cayó de rodillas: el reloj de su muñeca seguía detenido en las 10.10, la hora que aparece en todos los avisos de relojes…

 

 

 

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