POR LA CALLE


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 No sabe por qué, pero lo miran y se alejan; la calle es igual a otras calles y la gente también.

 

A veces se ríen de él, cuchichean y mueven la cabeza, pero no se acercan: se limitan a mirarlo para seguir su camino, conversando de él, seguramente.

 

Come poco, porque cuando se acerca a un restaurante y se para en la puerta, al rato le dan una bolsita de plástico y hacen señas para se vaya, sin decirle nada, sonriendo, con miedo.

 

Cartones y periódicos son su cama y abrigo, que lleva amarrados con pita y cualquier portal, su habitación por las noches.

 

Pasan años y días pero él no los cuenta, porque sonríe al recordar cuando era un chico y subía hasta la cima del cerro para mirar el mundo.

 

 

 

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