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EL SUEÑO DEL ABUELO.


ABUELO MANUEL ECHEGARAY

Cuando yo era chico, recuerdo que mi padre me contaba que su padre soñaba con tener una mina de talco; por ese entonces lo único que yo sabía del talco era que tenía marca “Jhonson´s” o “Mennen”  y que venía en unos envases con la tapa que tenía huequitos y que si uno la giraba, moviendo el envase, escapaban nubes de un polvo blanco, etéreo, que echaban a los bebes y mi mamá en la parte de adentro de los guantes de jebe que usaba para lavar.

 

El talco para mí no tenía misterio porque siempre hubo en casa y resultaba parte integrante del botiquín del baño; era un envase más que estaba guardado junto con los polvos “Takazima” (¡igualitos al talco!) que mi padre tomaba, bien deshechos en agua, para la digestión; la pasta para dientes “Kolynos” en su tubo amarillo con letras verdes, los cepillos, el frasco de mercuro-cromo, un pote de algodón, esparadrapo,  el agua oxigenada, un frasquito de alcohol, el “Jarabe Calmante de la Señora Winslow”, una botella de “Maravilla Curativa de Humprey’s”, las gotas de “Mistol” para los resfriados, el potecito de “Arrid”, crema desodorante; alguna que otra venda, la taza de vidrio del jabón de afeitar, la brocha y la máquina con su hojita “Gillette” de doble filo que usaba mi papá…

 

Vuelvo a decir que el talco era en casa, parte del botiquín con espejo que estaba sobre el lavatorio del baño en el segundo piso de la casa de la calle Ayacucho donde vivimos en Barranco; esa casa de terrazas soleadas en verano y vistas tras las ventanas en los inviernos grises con garúa finita, como brisa gruesa del mar…

 

Nunca entendí entonces el sueño de mi abuelo y pensaba que hubiera sido mejor soñar con una mina de oro, total, pensaba, en el Cusco, donde vivían ellos antes de que mis padres se casaran y apareciera yo como el último hijo, podía suceder cualquier cosa: allí estaban la hacienda, los primos, los tíos y el misterio de algo adivinado.

 

El sueño de mi abuelo, según supe después, porque yo no conocí a ningunos de mis abuelos paternos ni maternos, no se realizó nunca, pero fue una de las historias que al contar no me creía nadie, porque era impensable para un chico de entonces, que existiera una mina de talco.

 

 

 

Imagen: Fotografía circa 1900 del abuelo Manuel Echegaray Pareja, por C. Gismondi.