EL EXPRESS DIARIO.


 

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Como todos los días, fui a tomar mi café express a media mañana en la barra del restaurante de siempre; me acomodé, abrí el libro que llevaba y el mozo, sin preguntarme nada porque me veía todos los días, puso delante de mí una taza humeante y un vaso con agua: “¡Servido!” dijo.

 

Yo, distraído por la lectura asentí y cogí la pequeña tacita blanca (el café lo tomo sin azúcar y digo que con ella sabe a “toffee*”: que un coffee no puede ser toffee) y al ir a llevármela a la boca, vi algo que me hizo llamar al mozo: “¿Sí señor?”, dijo amable, a lo que yo respondí señalándome el labio inferior: “¿Ve si tengo algo aquí…?”.

 

Me miró atentamente y me respondió “Nada, no tiene nada… ¿le duele?”  “No, no me duele, pero entonces, si no tengo nada ¿cómo hice esto…?” respondí y volteando la tacita de café recién servido, le mostré la huella de lápiz labial rojo que había en el borde.

 

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