CARENCIA.


FOTO 3.

Tenía de todo, pero había algo que le faltaba y era notoria, especialmente para los demás, su ausencia; si quería irse a las Bahamas, era cuestión de que su secretaria hiciera los arreglos para el viaje, reservase el hotel y el chofer lo llevaría al aeropuerto porque hasta la maleta se la hacía el mayordomo, que por supuesto se llamaba Jaime, como en las novelas.

 

Si se trataba de tener un auto nuevo, su secretaria le alcanzaba folletos de diferentes marcas y la transacción se realizaba sin que su intervención fuera otra que la de elegir la marca, el modelo y el color; cualquier trámite relacionado se solucionaba de inmediato y él siempre decía que la plata lo compraba todo.

 

El dinero le venía de familia y todo siempre había caminado de manera perfecta, suavemente, sin que tuviera mayores preocupaciones; sus disyuntivas estaban relacionadas con el tipo de comida que preferiría y la elección de la ropa que iba a usar el día siguiente.

 

Nada alteraba su tranquila rutina, salvo que alguna cosa, por azar, no funcionara como se esperaba que lo hiciera; ahí era cuando aquello de lo que carecía (fruto tal vez de tener lo que quisiera cuando lo quisiera y donde lo quisiera) hacia su aparición y provocaba un terremoto del cual, los que sabían de la carencia y por casualidad estaban cerca, huían aceleradamente.

 

Carecía de algo muy sencillo y que como no necesitaba, desconocía: se trataba de paciencia.

 

Su apelativo entre los más cercanos, amigos y empleados, era el título de una antigua obra de teatro: “El Divino Impaciente”; “divino” porque decían que todo lo podía e “impaciente” por obvias razones, aunque en realidad como no conocía la paciencia (era una palabra que le hacía acordar a un tal Job, del curso colegial de historia sagrada) hubiera resultado más justo llamarlo “El azote de dios”.

 

Total, decían, era cosa de aguantarlo, porque tenía plata.

Anuncios