La noche:


Bailando Las Nubes

Coge tus miedos que nos vamos a buscar acantilados.

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LA PRIMERA VEZ.


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Estudiaba derecho y tenía no solo la vocación, sino las mejores notas en todos los cursos; su futuro parecía trazado y todos, en su familia, estaban orgullosos de él porque no solo seguiría la profesión de un abuelo célebre ya fallecido y al que no conoció, sino que sería un abogado titulado y no como su padre, que seguía haciendo chapuzas y trabajitos eventuales para ganase la vida y que si no hubiera sido por el dinerito ahorrado por la madre, no se hubiera podido pagar la universidad.

 

Ingresó en un estudio de campanillas como practicante, antes de graduarse, porque así lo exigían la sensatez y la universidad, ya que para ser abogado y recibir el título se necesitaba un mínimo de experiencia: “probar la cancha”, como se dice en el fútbol.

 

El estudio le pareció muy grande el primer día y tímido, fue presentado a varias gentes que le dieron la bienvenida y le desearon suerte; no le dieron un escritorio como le había augurado su madre sino que le indicaron una mesa donde “trabajaban los practicantes” según le dijeron; luego conocería a otros dos muchachos y una chica que estaban en sus mismas condiciones, pero con más tiempo en el terreno.

 

Conversó con uno de los titulares (se llamaban “socios”) del estudio y este le fue indicando, con un poco de desgano, es verdad, sus tareas: desde llevar expedientes de un escritorio a otro, hasta servir café si se lo pedían; un abogado, le dijo, debe estar dispuesto a todo.

 

Pasó el tiempo y sus labores mínimas fueron creciendo y él sintiendo que eran más importantes, de responsabilidad; un día el abogado que lo “piloteaba” le dijo que al día siguiente tendría su primera “prueba de fuego” porque acompañaría y asistiría a un abogado en una diligencia importante, a las nueve de la mañana; que una cosa era, como lo había hecho hasta ahora, mirar desde la barrera y otra, torear en serio.

 

Al día siguiente, peinado y oliendo a colonia, llegó a las ocho a la oficina y le abrió Lupe, que estaba limpiando; se extrañó, porque no esperaba a nadie hasta casi una hora después, pero él le dijo lo de la diligencia y que tenía que prepararlo todo.

 

En realidad, metió en el maletín nuevo de cuero negro, medio ciento de hojas de papel bond tamaño carta en blanco, una libreta con las hojas cuadriculadas, dos lapiceros (uno rojo) y un tomo del Código Civil; el bogado se presentó a las ocho y media y le dijo, sonriendo, si estaba listo y él dijo que sí, enseñándole el maletín; el abogado, al que no conocía mucho, lo miró curioso y asintió: “¡Vámonos entonces, porque primero tenemos que pasar por la comisaría para recoger a un par de policías, porque el fiscal va directo!”; no dijo nada y lo siguió hasta el auto, que era chiquito, pero moderno.

 

Se acomodó en el asiento de butaca al lado del chofer y enrumbaron hasta la comisaría; en un momento, el abogado dijo: “bueno, vamos a ejecutar un lanzamiento y por si acaso llevamos policía; prefiero que vengan con nosotros, así me aseguro que estén si se los necesita”.

 

¿Un lanzamiento?: empezó a preocuparse y le preocupó más lo de los policías y el fiscal; el abogado le dijo: “¿has asistido a otras diligencias o esta es tu primera vez…”?; replicó que sí, que era la primera “en la carrera”, pero que estaba preparado para ese su primer encuentro con la realidad jurídica; lo dijo paladeando las dos últimas palabras: “realidad jurídica”.

 

Después de pasar hasta las tres de la tarde en el lugar al que llegaron, volvieron al estudio y silencioso tomó su maletín, sacó las hojas de papel bond y junto con el tomo del Código Civil las dejó sobre la mesa; pidió permiso para retirarse y con un nudo en el estómago se fue hacia su casa: nunca podría olvidar los ojos grandes y tristes de los niños ni los gritos y el llanto de la mujer, que contrastaban con el silencio incrédulo y resignado del hombre.

 

No regresaría al estudio más, no terminaría la carrera y se buscaría otro trabajo, pero este, el de abogado, no podría aguantarlo.