SOCORRO.


PUERTA CASA

Quería ir a la casa en la que había nacido y vivido, hasta que sus padres murieron uno tras otro; rencillas de herencia, una partida de nacimiento que no existía y dejarse de hablar con la que siempre conoció como hermana, habían abierto un foso enorme que cuando necesitó dejar su departamento para ir a vivir en lo que había sido la casa familiar porque estaba sin trabajo hacía casi cuatro meses, resultó infranqueable.

 

La hermana influida por su mal hígado, su vinagrera causada por un novio frustrado (evento aciago que no superó nunca), se negó de plano a darle asilo y cuando él reclamó que la casa era suya también, ella, la mayor de los dos, le dijo que nunca lo habían reconocido legalmente como hijo porque era “fruto de un desliz” del padre y que si vivió en la casa había sido solo por compasión…; así estaban las cosas y no pintaban nada bien para él a  pesar de que trató por todos los medios a su alcance, que no eran muchos, porque un desocupado tiene primero que ingeniárselas para sobrevivir.

 

¡Sobrevivir! La palabra sonaba inmensa para quien no sabe cómo comerá en el día y sabe que le quedan pocos amigos; que el casero, cansado de promesas lo va a desalojar.

 

Socorro (y hasta el nombre resulta una ironía) no da su brazo a torcer, no cede un milímetro y no le habla, ignorándolo olímpicamente; él no puede pensar claramente y su miedo se une al odio que ha empezado a sentir por esa mujer que tiene casa, dinero asegurado y – lo que menos se explica – un desprecio total hacia el que se consideró siempre su hermano.

¿Que se muera…, matarla…?

 

Tal vez un gran susto logre que el corazón se le pare, que muera; decide jugarse el todo por el todo y apalabra a un tipo que conoce y le ofrece un televisor (que él ya no tiene, pero Socorro sí y una vez muerta lo puede dar como pago).

 

Acuerdan llevar a cabo el plan y días más tarde, en una madrugada, el tipo penetra sigiloso en la casa, con la llave de la puerta falsa que le entregó Leoncio, el “hermano” de Socorro.

 

Todo está a oscuras y tranquilo, huele a guardado y el tipo se desliza entre sillones con funda, un piano y tres mesitas; sube las escaleras en busca del dormitorio y va abriendo puertas que son de un cuarto donde hay sillas, mesa, un banquito y una máquina de coser y la de un baño grande; finalmente lo encuentra y al entrar distingue que hay alguien en la cama, tapado completamente porque hace frío.

 

Se acerca con cuidado, sin hacer ruido y cuando está por tocar y zamaquear al durmiente, se enciende la luz.

 

Pasan dos días y Leoncio no sabe nada del tipo: nervioso, cavila y se decide por fin; va hasta la casa y con precaución como si el timbre quemara, lo toca y espera; Socorro abre, lo mira y antes de cerrar de nuevo la puerta le dice: “A tu amigo, el que vino a matarme, lo maté yo; me lo dijo todo antes de morirse. Tengo su documento de identidad; ¿quieres verlo…?”; entra y cierra.

 

 

Cuando Socorro sale con el DNI azul en la mano, Leoncio ya no está y ella vuelve a entrar para encontrarse con el tipo que está sentado en un sillón -que ya no tiene funda- viendo una revista y tomando un café; se miran y ella le guiña un ojo.