NO HAGAN OLAS.


 

Le habían dicho “que no hiciera olas” y que no presumiera, porque sería sospechoso que alguien que nunca tuvo nada y tampoco lo que se dice “oficio ni beneficio” apareciera no solamente teniendo y mucho, sino que poseía cosas que eran imposibles de comprar para alguien que cómo a él, las únicas fotografías que le habían tomado eran una de frente y otra de perfil, con la salvedad que tenían impreso un número que lo identificaba y estaban en un archivo policial, en su ficha.

 

Ladrón de poca monta y encima sin suerte alguna, lo agarraron cuando actuaba como “campana” en el único robo importante del que participó; cumplió prisión y allí aprendió varias cosas, porque escuchaba atentamente.

 

Fue entonces que se enteró de lo que significaba “tener signos exteriores de riqueza” y que de ninguna manera había que ostentar si se los conseguía, o sea, en claro, “no hacer olas; se lo grabó bien y se hizo también la firme promesa de ser rico, pero parecer pobre, pobre pero honrado.

 

Cumplido su tiempo de “aprendizaje” se dedicó a poner en práctica sus conocimientos, entre  ellos el de actuar solo, el no dejar testigos y olvidarse de ser un vulgar arrebatador; el “negocio” fue duro al comienzo pero conforme agarraba confianza mejoró y consiguió mucho, acordándose siempre “de no hacer olas” y de “operar” en solitario; testigos no hubo en mucho tiempo y después, cuando uno lo vio, el revólver comprado en “La Cachina”* borró al testigo del mapa.

 

Resultaba fácil porque matar no era tan tremendo ni lo persiguieron policías o pesadillas; pensaba qué hacer con la plata que conseguía de la venta de lo vario que su “trabajo” le producía y que negociaba en diferentes lugares para que no lo siguieran.

 

Se sentía el ladrón perfecto y decidió hacer que un dentista le cambiara toda la dentadura, en la que la caries había hecho estragos y los pocos dientes que tenía estaban ennegrecidos, por piezas dentales bañadas en oro: ése iba a ser su lujo personal; un “colega” al que había conocido durante su período forzado de aprendiz, le recomendó a uno diciéndole que era un sacamuelas de confianza.

 

Fue, no le preguntó nada, le cobró un huevo de plata que él regateó hasta no poder más y el proceso fue largo y doloroso, pero valió la pena porque no todo el mundo tiene TODA la dentadura de oro; se acordaba que en una película del 007 había visto a un tipo bien malo que tenía toda la dentadura de acero y le decían “Jaws”: averiguó que estaba en inglés y quería decir “Mandíbulas”.

 

Bueno, como no iba a morder a nadie para matarlo como el de la película, la suya sería una dentadura de oro que era mucho más caro que el acero; acordándose del “no hacer olas”, se propuso mantener la boca cerrada, excepto  en situaciones extremas y para comer, cosa que hacía solo, en su cuarto, donde un televisor viejo era el único lujo que desentonaba algo.

 

Una tarde, al pasar por la plaza vio al cómico que estaba allí como siempre y se detuvo a mirar, un poco retirado de la gente que hacía corro; la andanada de chistes e imitaciones no paraba y los gestos procaces que abundaban, eran la mímica que lo subrayaba todo.

 

No podía contener más la risa y primero lo hizo tapándose la boca, pero después, las lágrimas que le salían hicieron que riendo, se enjugara los ojos; los dientes brillaron un momento y justamente entonces el policía que estaba cerca, vigilando la plaza, se fijó en él: los dientes brillantes llamaron su atención y se acordó de la cara: era el ladrón que había agarrado de “campana” hacía años, porque las marcas de viruela en el rostro lo hacían bien reconocible junto con el pelo cortado al cepillo que usaba.

 

Lo siguió sigilosamente y ahí acabó la carrera del que nunca “hizo olas”, porque identificado el lugar donde vivía era sencillo averiguar a qué se dedicaba en ése momento.

 

 

*“La Cachina”: Uno de los mercados de Lima donde se venden cosas robadas.

 

 

 

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