PRIMUS.


PRIMUS

La “cocina” quedaba fuera de la casa de esteras y era en realidad un Primus asmático que funcionaba a trompicones y se descomponía cada dos por tres, dejándolos sin la poca comida del día, hasta que el padre volvía de la fábrica por la tarde-noche y batallaba con una aguja para destaparlo; lo que pasaba era que el ron de quemar, al que le agregaban color azul para que no lo confundieran con agua, que usaban como combustible, venía lleno de impurezas que taponeaban los conductos del hornillo.

 

Nadie se atrevía a manipular el aparato malogrado y el padre se quejaba siempre de que en la casa él fuera el único que podía hacerlo y que ninguno se atrevía; Juan, el hijo mayor, de quince años, un día de obstrucción y comida pospuesta o anulada, decidió operar: con la aguja trató de hacerlo, pero nada; intentó una y otra vez hasta que decidió llevar el Primus dentro de la casa para estar más cómodo, trabajando sobre la única mesa que tenían.

 

Hizo espacio, arrimando lo que estaba encima; manipuló, encendió un fósforo, bombeó  y al acercarlo para probar si encendía el quemador, la explosión reverberó en los cerros de los alrededores, ladraron los perros y después se hizo el silencio.