LOS IMBÉCILES “HINCHAPELOTAS”.


 

FOTO REFERENCIAL Cohete

Un grupo de hinchas peruanos detonaron fuegos artífices frente al hotel JW Marriott, lugar de concentración de la Selección de Nueva Zelanda. El hecho ocurrió en la madrugada de este miércoles.

El material pirotécnico tenía como objetivo no dejar descansar plenamente a los jugadores neozelandeses, pero terminó perjudicando también a los vecinos de la zona. Los fuegos artificiales duraron poco más de dos minutos.

 

La noticia avergüenza.

Un grupo de desadaptados, lo que en Argentina llamarían “hinchapelotas” (o sea que “cargan”) y que si dividimos en dos la palabra, se compone de “hincha” y “pelotas”, que en interpretación libre pueden ser hinchas (malos hinchas) -en singular- de la pelota, o sea del fútbol; hinchar es, según significado, llenar un cuerpo con gas (aire, por ejemplo) y el término pelotas no necesita explicación.

 

Larga la explicación al título de este post, porque los verdaderos hinchas del fútbol no tienen nada que ver con un grupúsculo de mamarrachos que creen que los partidos se ganan gracias a ciertas “ayudas”, como no dejar dormir al eventual rival.

Definitivamente, esos no representan al Perú ni a los peruanos; no me representan a mí y estoy seguro que a quien esté leyendo estas líneas en el Perú.

 

Hoy JUGAMOS; y ponerle fe a una victoria no significa “hacer cualquier cosa”, sino confiar en una selección peruana que ha dado suficientes muestras de pundonor deportivo para no necesitar que imbéciles revienten cohetes para desestabilizar a los contrarios.

 

Por individuos como los que motivan este post es que el Perú no camina como debería y mientras estos existan sobre la tierra, seguiremos siendo el país del “no te preocupes hermanito, nadie se va a dar cuenta, aquí no pasa nada…

 

¡Qué pena que esto sea así!

 

¡ARRIBA PERÚ!

 

(Foto referencial)

 

CON M DE MORIR.


 

SHAKESPEARE

Me dices que yo tengo obsesión con la muerte, porque en alguna de las cosas que escribo los personajes mueren y así termina todo…

 

Morir es lo que toca y es tránsito obligado para todo lo vivo –resulta natural- aunque a veces la muerte impresiona por una circunstancia.

 

Morirse no es sino volver al origen,  regresar a ser polvo de estrellas o a ser el brillo tenue que queda entre los dedos al coger mariposas.

 

Morir, quedar dormidos… Soñar, tal vez dormir…”, Shakespeare nos lo dice por la boca de Hamlet; morir es irse al reino de los sueños para vivir ahí y nunca despertar.