NO LE PODÍAN PROBAR NADA.


 

coffee

Estaba confiado porque había atado todos los hilos y estaba seguro de no haber dejado pista alguna; el tiempo borraría las habladurías y como de costumbre él saldría no solo bien librado sino con la sonrisa a flor de labios.

 

Ese sábado decidió ir a tomarse un café, aunque le habían dicho que era malo para su hipertensión; se sentó, pidió uno con agua en vez del exprés acostumbrado y abrió el libro para seguir leyendo. El mozo le trajo las pastillitas de edulcorante y las dejó en un plato sobre la mesa; él, distraído, echó dos en la taza blanca y revolvió el líquido oscuro y humeante con la cucharita.

 

Tomó un sorbo largo y empezó a disfrutar de la lectura; el tema histórico serviría para alguna conferencia: sacó un lápiz que llevaba siempre, subrayando frases y párrafos que le parecieron interesantes.

 

De pronto, un dolor agudo hizo que se llevara las manos al pecho y boqueara abriendo y cerrando los ojos; en el café solo el mozo, al fondo, frotaba un plato con el secador…

 

Se encorvó, con las manos cogiéndose el pecho y cayó pesadamente sobre la mesa derramando la taza de café; el mozo esperó unos minutos y  desapareció tranquilamente llevándose en el bolsillo la cajita de la que había sacado las pastillas edulcorantes.

 

Anuncios