ENÉSIMA LLAMADA.


 

CELULAR EN AGUA

Sonó el teléfono celular y respondió como lo hacía con todas las llamadas; por enésima vez le ofrecieron un descuento importante si se cambiaba de compañía telefónica.

 

Echó el celular en la tina con agua casi caliente, donde se había metido con el corte en la muñeca: el teléfono fue el primero en morir.

AMOR FRATERNO.


amor-fraterno

No hay nada igual a dormir” dijo y su hermano le preguntó por qué.

 

Me siento muy bien”, respondió.

 

El hermano pensó un instante y volvió a la carga: “Pero eso es cuando estás despierto y entonces ¿por qué no duermes siempre para sentirte espléndido…?”.

 

Definitivamente su hermano lo quería, pensó sonriendo aliviado porque no había dicho “para”.

CLASES DE BAILE.


ESQUEMA PASOS.

Era a fines de los cincuenta y bailar resultaba importante, porque estaba en la edad de las fiestas y sentía que se las estaba perdiendo.

 

Los sábados por la noche los amigos del barrio estaban listos, peinados con gomina, oliendo a Varón Dandy, la colonia que los hacía sentirse más hombres (“¿Ves? Dice Varón, o sea hombre”) y fumando en la esquina mientras se ponían de acuerdo si iban a la casa de la rubiecita o aterrizaban como siempre donde esa, grande, la de frente al parque, en la que tres hermanas bailaban a media luz y les decían cosas.

 

Los sábados por la noche él inventaba algo para no acompañarlos aunque en realidad no iba porque no bailaba nada; se sentía ridículo, torpe y no tenía una hermana como Jorge, que le enseñara un poco.

 

El domingo, revisó el periódico y entre todos, escogió un aviso económico que decía: “BAILE.BOLERO, CHA CHA CHÁ, RUMBA, VALS. MÉTODO MODERNO. CLASES PERSONALES. AV. TACNA 232, OF. 35, LIMA. SR. LEONARDO”, lo recortó con cuidado para guardarlo en su billetera; al día siguiente iría al centro para averiguar y si no era muy caro, aprender a bailar.

 

El ómnibus azul lo dejó enfrente, cruzó la avenida y buscó el número que indicaba el aviso: era un edificio de seis pisos que no se distinguía del entorno por nada especial, con el 232 en lo que un día fue bronce reluciente. Entró, subió por la escalera hasta el tercer piso y escuchó atentamente; esperaba oír música, pero lo solo el ruido de una lustradora lejana rompía el silencio.

 

En a la puerta que tenía pintado de negro el 35, una cartulina anunciaba: “CLASES DE BAILE”; tocó el timbre y al rato le abrió la puerta un hombre; “Vengo por las clases de baile” dijo y miró dentro un salón que tenía sillas alineadas contra las paredes. El hombre lo invitó a entrar y cerró la puerta; fue hasta una silla y se puso el saco que descolgó del espaldar. “¡Bienvenido!, soy el profesor Leonardo; aquí le enseñaremos a bailar lo que usted quiera…”, la sonrisa era grande debajo del bigote excesivamente negro para una cabeza donde el tinte dejaba ver las canas, produciendo un curioso color champán; el terno debía haber conocido mejor época y la corbata roja sobre el pecho destacaba como una cicatriz.

 

Primero lo básico, el vals, para aprender bien como se mueven las piernas y se lleva el ritmo. Después, usted elige qué baile quiere aprender, joven” dijo el hombre yendo hasta un escritorio que estaba en la esquina y volviendo con un talonario de recibos; “Serían treinta soles por diez clases; el horario lo escoge usted. Enseñamos de 9 a 11 de la mañana y por las tardes de tres a seis, de lunes a viernes…”. Se le quedó mirando serio y cuando vio que él sacaba del bolsillo tres billetes de diez soles, sonrió y preguntó que a nombre de quién hacía el recibo: “¿Su gracia…?”. Él dio el primero que se le ocurrió porque le daba vergüenza que su nombre estuviera en un recibo de academia de baile: “Arturo Gonzales” dijo y estiró los treinta soles.

 

Bueno, ¿cuándo quiere empezar?”  “Hoy mismo si se puede”; el hombre miró aparatosamente su reloj: “Mejor venga mañana, temprano, ahora tengo clases a las 10”.

 

Lo llevó hasta la puerta diciéndole: “Y venga con saco y corbata, porque le regalamos clases de etiqueta; nos vemos mañana a las nueve…

 

Salió del edificio y caminó hasta la esquina, donde un pequeño letrero azul, colgado de un poste, anunciaba que allí paraba el ómnibus; esperó un rato y cuando subió, el vehículo estaba casi vacío; pasó un tiempo mirando por la ventana y pensó que en realidad no iría al día siguiente ni nunca, que había perdido treinta soles y que no quería aprender a bailar.

 

OLVIDOS.


 

OLVIDAR

Le dijeron que era mejor olvidar y mientras más se empeñaba en hacerlo, los recuerdos volvían para tejer una red invisible que lo ahogaba.

 

Un día no pudo acordarse donde había dejado sus anteojos; otro, se le perdieron las medias azules; pronto, se dio cuenta, una mañana, que no había tomado el café.

 

Después no pudo darse cuenta de que olvidaba porque no lo recordó.